Cuentos Populares

 

DE COMO LA CORREHUELA TREPÓ A LOS ARBOLES

En tiempos remotos, remotísimos, la correhuela no trepaba a los árboles; solamente se extendía por el suelo y lo cubría con sus campanillas rosadas y azules. Ni se le había ocurrido la idea de trepar. Pero no muy lejos de allí había un árbol y en lo alto de un árbol había hecho su nido la señora Pájara Pinta con un pequeño Pintito que estaba enfermo, se había roto el ala y no podía volar. Por eso se pasaba el día solo en el nido. Cuando por la noche llegaba Mamá Pinta le contaba, de pe a pa, todo lo que había visto durante el día. Y a menudo le hablaba de una correhuela muy bonita que florecía por el suelo. Entonces Pintito suspiraba: « ¡Cuánto me gustaría verla!»Todo eso lo oía la correhuela desde el suelo. También a ella le gustaría asomarse al nido del pobre Pintito y hacerle compañía.Poquito a poco se iba estirando y arrastrando por el suelo, un trocito más cada día, hasta que al fin llegó al pie del árbol. De momento no podía hacer más puesto que no sabía trepar.Pero sus deseos de ver y acompañar al pajarito enfermo eran tan fuertes que empezó a abrazarse al árbol, a dar vueltas por su tronco, agarrándose a la corteza como podía, a subir, a subir siempre, cogiendo una ramita baja primero, otra más alta después, hasta que al fin llegó al nido de Pintito. Y Pintito batió las alas lleno de contento cuando vio las campanillas rosadas y azules.Así fue como la correhuela aprendió a trepar.

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EL CUENTO DE RATAPON

Había una vez un conejito gris que vivía con su mamá en una bonita madriguera bajo la hierba espesa. Se llamaba Ratapón y su mamá Mariquita Colacorta. Todas las mañanas cuando Mariquita Colacorta iba a buscar la comida, decía a su hijo:

-Ahora, Ratapón, quédate quieto y no hagas ruido. Veas lo que veas, oigas lo que oigas, no te muevas. Recuerda que no eres más que bebé-conejo y escóndete bien.Y Ratapón decía: «Sí, mamá».Un día, después que su mamá salió, estaba Rata- muy tranquilo en su madriguera, metiendo la nariz entre la hierba. Volviendo un poco la cabeza podía ver algo de lo que pasaba por el mundo. Un día un pájaro se posó sobre una rama gritando:-Ladrón, ladrón.Pero Ratapón no movió ni pie ni pata.Otro día, una mariquita de San Antón, dio un paseo a lo largo de un tallo de hierba, pero como pesaba demasiado, al llegar arriba, bajó rodando hasta el suelo. Ratapón tenía muchas ganas de reír, pero no movió ni pie ni pata. Y permaneció quieto.Aquel día el sol calentaba mucho y todo parecía dormir.De repente, Ratapón oyó un ruidito, lejos..., muy lejos, como si alguien hiciera chs-chss-chss muy suavemente. Escuchó. Era un ruido muy raro: chss-chsschss, primero más débil, luego más cerca.« ¡Es curioso! -pensó Ratapón-. ¿Qué podrá ser? Es como si alguien se acercara; pero siempre que alguien se acerca, oigo sus pasos y ahora no oigo más que chss-chss-chss. ¿Qué podrá ser?»El ruido era cada vez más fuerte. De pronto, Ratapón olvidó las órdenes de mamá y se levantó sobre sus patas traseras. El ruido cesó.-¡Bah! -dijo Ratapón-. Ya no soy un bebé, tengo tres semanas; quiero saber que es esto.Sacó la cabeza fuera de la madriguera y vio... los ojos de una espantosa serpiente fijos en los suyos.-¡Ma... má! ¡Ma... má! -gritó Ratapón-. ¡Oh! Ma...Pero ya no pudo gritar más porque la malvada serpiente ya le había cogido de una oreja y se enroscaba alrededor de su cuerpecito. ¡Pobre Ratapón!Pero su mamá le había oído. Saltó sobre las piedras, brincó por los collados y corrió como el viento a través de la hierba y a través de los brezos. Ya no era la tímida Mariquita Cola-corta, sino una mamá que iba a salvar a su hijito. Cuando vio a Ratapón y a la serpiente, tomó impulso y ¡hop!, ¡hop!, saltó sobre el lomo del horrible animal y le arañó con sus uñas. La serpiente silbó con rabia pero no soltó a Ratapón. ¡Hop!, ¡hop! Mariquita Cola-corta, saltó de nuevo y, esta vez, le rasgó la piel y le hizo tanto daño que la serpiente se retorció, pero sin soltar a Ratapón. Por fin, mamá Coneja, saltó por tercera vez, y desgarró la piel de la serpiente con sus uñas. Mordía y arañaba tanto, que la serpiente tuvo que soltar al conejito y Ratapón rodó como una pelota y empezó a correr.-¡Corre, deprisa! ¡Corre, deprisa! -gritaba la madre; y ya podrás imaginar cómo trotaba! Unos momentos después, Mariquita Colacorta le alcanzó y le enseñó el camino. Cuando la madre corría, se veía la manchita blanca de su cola, y Ratapón seguía la mancha -blanca.Le llevó lejos, muy lejos, a través de la hierba espesa, hasta un lugar donde la malvada serpiente no pudiera volver a encontrarles y allí construyó otra madriguera. Y ya te darás cuenta que, ahora, cuando la madre dice a Ratapón que se quede escondido, no le quedan ganas de desobedecer.

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EL LOBO, EL CERDITO, EL PATO Y LA OCA

Había una vez un cerdito, un pato y una oca que eran muy amigos. Había también un lobo que vivía en el bosque, cerca de allí.

Un día los tres amigos decidieron hacerse una casa para cada uno. El pato fue al bosque y con musgo y hojas hizo la suya. La oca fue al bosque y con musgo, hojas y ramitas hizo la suya también.

Pero el cerdito cogió tablas, clavos y martillo y construyó una casa la mar de fuerte; y hasta en el tejado clavó unos clavos con la punta al aire.

Cuando hubieron terminado llegó el lobo y fue directo a la casa del pato.

-Abreme, pato.
-¿Por qué?
-Porque quiero entrar.
-Pues no quiero abrir.
-Prepárate; subiré al tejado y saltaré y saltaré y la casa te hundiré.
-Sube, si quieres.

Y el lobo subió sobre la casa del pato y la hundió, pero el pato ya había escapado a casa de la oca.Entonces el lobo se fue a casa de la oca.

-Ábreme, oca.
-¿Por qué?
-Porque quiero entrar. He de comerme el pato que tienes aquí.
-Pues no quiero abrir.
-Prepárate; subiré al tejado y saltaré y saltaré y la casa te hundiré.
-Sube, si quieres.

Y el lobo subió sobre la casa de la oca y la hundió; pero la oca y el pato ya habían escapado a casa del cerdito. Entonces el lobo fue a casa del cerdito:

-Ábreme, cerdito.
-¿Por qué?
-Porque quiero entrar. He de comerme el pato y la oca que tienes aquí.
-Pues no quiero abrir.
-Prepárate; subiré al tejado y saltaré y saltaré y la casa te hundiré.
-Sube, si quieres.

Y el lobo subió sobre la casa del cerdito y saltó y saltó, pero los clavos que el cerdito había puesto allí se le clavaban y tuvo que bajar con el rabo entre las patas. Entonces puso el hocico en el agujero de la cerradura y miró qué pasaba dentro de la casa. El cerdito decía a sus amigos:

-Vamos a hacer unas buenas gachas de maíz. El pato que encienda el fuego, la oca que traiga el agua y yo pasaré al harina con mi cola.

El lobo miraba y decía muy quedo:

-Comer, comería, la cola del cerdo que pasa la harina.

El cerdito lo oyó y preguntó:

-¿Qué dices lobo?
-Digo que el pato enciende un buen fuego... -y más bajito añadía-: Comer, comería, la cola del cerdo que pasa la harina.
-¿Qué dices, lobo?
-Digo que la oca trae bien el agua... -y más bajito añadía-: Comer comería, la cola del cerdo que pasa la harina.
-¿Qué dices, lobo?
-Digo que pasas muy bien la harina.

Cuando la harina estuvo pasada, el cerdito la deshizo con agua fría, la puso en la olla y la. colocó en el fuego y la removía con una gran cuchara de madera. Cuando las gachas estuvieron cocidas, que aún hervían, el cerdito preguntó:

-¿Quieres probarlas?
-Ya lo creo que sí.
-Pasa la pata.

El cerdito abrió un poco la puerta y el lobo pasó la pata para poder entrar. Pero el cerdito le tiró en una gran cucharada de gachas hirviendo y el lobo se puso a gritar y huyó hacia el bosque.

Nunca más volvió. Y el cerdito, la oca y el pato vivieron felices los tres, sin pelearse jamás.

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LA RANA Y EL BUEY

Una rana vio a un buey. Y el buey le pareció hermoso.

¡Qué grande es! ¡Qué grande es! -se dijo-. Yo soy muy pequeña y no me gusta, quisiera ser tan grande como el buey.

Y la ranita empezó a comer mucho para llegar a ser grande, grande como el buey. No tenía siempre hambre, pero no dejaba de comer, y le decía a su hermanita rana:

-Mírame bien, hermana mía, mira a ver si crezco, mira si soy tan grande como el buey. -¡Oh, no! No eres tan grande como el buey.

La ranita comía todavía más y engordó tanto que casi no podía saltar.

-Mírame ahora, si soy tan grande como el buey.

-¡Oh, no! No eres tan grande como el buey. Eres muchísimo más pequeña. Nunca serás tan grande como el buey.

Pero la ranita quería ser grande como el buey. Y se puso a comer hierba y moscas y todo lo que encontraba para comer. Se había convertido en una gorda, gordísima rana, pero no era tan grande como el buey y su hermanita rana se burlaba de ella.

-Comes en vano, nunca serás como el buey, eres sólo una ranita. ¿Por qué quieres ser tan grande como el buey?

Pero la rana no hacía caso de su hermana. ¡Seguía comiendo! ¿Y sabéis lo que pasó? ¡Comió demasiado, se puso enferma y se murió!

¡Ah! Tonta y envidiosa ranita. ¿Por qué no quiso ser una ranita? Las ranas son muy graciosas, ¡tan pequeñas...! ¡Qué feas serían si fuesen grandes como bueyes! ¡No ,podrían saltar sobre la hierba!, ni esconderse entre las hojas o en los cañaverales, cuando alguien las quiere coger.

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EL LEÓN Y EL RATONCILLO

He aquí que, un día, un enorme león que vivía en la selva se quedó profundamente dormido entre los árboles del bosque.
Mientras él dormía, un ratoncillo atrevido no hacía más que pasar y pasar junto a él.
Tanto le gustaban estos paseos, que cuando el león despertó todavía alcanzó a verlo.
¡Y no adivinaríais dónde!
Justo, justo... al lado de su temible pata. ¡La garra del león! ¡Imaginad!

Seguro que el león, sin apenas moverse, podía matar tranquilamente al diminuto ratón.
¡Pero no lo mató!
En aquella ocasión, el «rey de los animales» se portó como un rey de los que lo son y lo son de veras. Generoso, no quiso aprovecharse de su enorme poder para hacer daño.
Dejó escapar al ratoncillo. ¡Qué suerte! ¿Verdad?

El ratoncillo se marchó muy contento, y tan agradecido al león, que se prometió pagarle su generosidad en cuanto pudiera hacerlo.
¿Él? ¿Al león? ¿Tan pequeño? ¿Cómo?
Ahora lo sabréis.

Otro día, el león, saliendo a tontas v a locas del bosque sin mirar por dónde iba, cayó en una trampa que unos cazadores le habían preparado para atraparlo. ¡Y entonces sí que su terrible fuerza no le servía para nada!
La trampa era una red enorme de gruesas cuerdas, y el león, ¡claro está!, no sabía deshacer sus nudos.
Lo único que sabía hacer era lanzar, seguido, seguido, unos rugidos tremendos de rabia y de dolor.

Este fue el momento del ratoncillo agradecido.
A1 oír los rugidos del león desesperado, se acerca corriendo a toda prisa y empieza a roer una cuerda de la red.
Rec-rec, rec-rec, rec-rec, llega a cortarla del todo. Y la red, deshecha, deja libre al león.

¡Quién lo iba a decir! ¿Sí?
Esto mismo que pasó con el león y el ratoncillo, pasa cada día en el mundo.
¡Fijaos!

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EL PEQUEÑO ABETO

Érase una vez un pequeño abeto. Solo, en el bosque, en medio de los demás árboles cubiertos de hojas, él sólo tenía agujas, nada más que agujas. ¡Cómo se quejaba!

-Todos mis amigos tienen hermosas hojas, hermosas hojas verdes. ¡Yo, sólo tengo espinas! Quisiera tener, para darles un poquito de envidia hojas todas de oro.

A la mañana siguiente, cuando se despertó, quedó deslumbrado...

-¿Dónde están mis espinas? ¡Ya no las tengo! ¡Me han dado las hojas de oro que había pedido! ¡Qué contento estoy!

Y todos sus vecinos que le estaban mirando, dijeron:

-¡El pequeño abeto es todo de oro!

Pero he aquí que un hombre, un malvado ladrón, llegó al bosque y les oyó. Pensó:

-¡Un abeto de oro! ¡Qué gran negocio!

Pero como tenía miedo de ser visto, volvió por la noche con un gran saco. Cogió todas las hojas sin dejar una.
A la mañana siguiente, al verse completamente desnudo, el pobre abeto se puso a llorar.

-Ya no quiero más oro -se dijo en -voz baja-. Cuando vienen los ladrones, te lo roban todo y ya no te queda nada. ¡Quisiera tener todas las hojas de cristal! ¡El cristal también brilla!

A la mañana siguiente, cuando despertó, tenía las hojas que había deseado. Se puso muy contento y dijo:

-En lugar de hojas de oro, tengo hojas de cristal; ahora estoy tranquilo porque no me las robará nadie.

Y todos sus vecinos que le miraban, dijeron a la vez:

-¡El pequeño abeto es todo de cristal!

Pero, cuando vino la noche, la tempestad sopló fuerte. El pequeño abeto suplicó en vano, el viento le sacudió y no quedó ni una sola de sus hojas.
A la mañana siguiente, al ver el destrozo, el pobre abeto se puso a llorar:

-¡Qué desgraciado soy! Otra vez estoy desnudo. Han robado mis hojas de oro y han roto mis hojas de cristal. Quisiera tener, como mis amigos, hermosas hojas verdes.

A1 día siguiente, cuando se despertó, vio que había obtenido lo que deseaba. Y todos sus vecinos, que le miraban, se pusieron a decir:

-¡El pequeño abeto ya es como nosotros!

Pero, durante el día, la cabra salió a pasear con sus cabritillos. Cuando vio al pequeño abeto, dijo:

-¡Venid, niñitos míos!, ¡venid, hijos míos! Saboread esta comida y no dejéis nada.

Los cabritillos se acercaron saltando y lo devoraron todo en menos de un instante.

Cuando llegó la noche, el pequeño abeto, completamente desnudo y tiritando, se puso a llorar como un niño.

-Se lo han comido todo -dijo en voz baja-. Ya no me queda nada. He perdido mis hojas, mis hermosas hojas verdes, como mis hojas de cristal y mis hojas de oro. ¡Me contentaría con que me devolvieran mis agujas!

A la mañana siguiente, cuando se despertó, se encontró sus antiguas agujas y no supo qué decir.

¡Qué feliz es! ¡Cómo se contempla! Se ha curado por completo de su orgullo. Y sus vecinos que le oyen reír, dicen mirándole:

-¡El pequeño abeto está como antes!

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EL CUENTO DEL CONEJITO TAWOTS

Este es el cuento que le contó una vez una mujer piel-roja a un muchachito blanco que vivía con sus padres cerca de las reservas indias. Tawots, quiere decir conejito en la lengua de los indios. Hace mucho tiempo, mucho tiempo, Tawots no era pequeño; al contrario, era muy grande. Era el más grande de los animales de cuatro patas, y un estupendo cazador. Tenía la costumbre de salir a cazar todos los días al alba, en cuanto se veía bastante para guiarse. Cada mañana encontraba el rastro de un enorme pie, en el sendero. Esto le humillaba, ya que su orgullo era tan grande como su cuerpo.

-¿Quién sale a cazar antes que yo y da unos pasos tan grandes? -gritó-. ¿Acaso quiere avergonzarme?
-¡Cállate! -dijo su madre-, no hay nadie en el mundo más grande que tú.
-No; pero hay enormes huellas en el sendero - dijo Tawots.

A la mañana siguiente se levantó más temprano, pero de nuevo vio las enormes huellas.

-Bueno -dijo Tawots- voy a construir una trampa para capturar a ese desvergonzado animal.

Y como era muy astuto hizo una trampa con la cuerda de su arco y la puso en el camino.
Cuando fue a ver su trampa, a la mañana siguiente. ¡Cataplum! ¡Había capturado al sol! Toda la tierra de alrededor empezaba a humear. ¡Tan fuerte era el calor!

-¡Has sido tú quien ha dejado esas huellas en mi sendero! -gritó Tawots.
-Sí, he sido yo -dijo el sol-, pero ahora date prisa en soltarme si no quieres que arda toda la tierra.

Tawots comprendió lo que debía hacer: sacó su cuchillo y corrió a cortar la cuerda, pero el calor era tan grande que saltó hacia atrás antes de haberlo hecho y cuando quiso volver ¡quedó reducido por el calor a la mitad de su tamaño!
Entonces, la tierra empezó a arder, y el humo subía retorciéndose hasta el cielo.
Tawots corrió de nuevo a cortar la cuerda. Pero el calor era tan fuerte que saltó hacia atrás antes de llegar, y quedó reducido por el calor a una cuarta parte de su tamaño.

-¡Vuelve Tawots, de prisa! -gritó el sol-. ¡O arderá toda la tierra!

Y Tawots, volvió nuevamente. Esta vez logró cortar la cuerda y el sol pudo subir al cielo. ¡Pero el pobre Tawots había quedado reducido al tamaño que tiene ahora!
Solamente, cuando corre por un camino, podrás darte cuenta por la enormidad de sus saltos de lo grande que era, antes de haber capturado al sol en su trampa.
Y es lo único que le queda de su antigua grandeza.

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LA PRINCESA RATONA

Había una vez un ratón qué pretendía ser el rey de su tribu. Por este motivo le llemaban el rey Ratón, y a su hija, la princesa Ratona.
Ratona, vivía con sus padres en un gran arrozal en el más escondido rincón del Japón. Ratona era muy bonita, y sus padres estaban tan orgullosos que no encontraban a nadie digno de jugar con ella. Cuando estuvo en edad de casarse, no aceptaron por yerno a ningún príncipe del reino de los ratones y declararon que sólo se casaría con la princesa Ratona, el personaje más poderoso del mundo. Y como este poderoso personaje no quería aparecer, el rey Ratón, se fue a ver a su tío, un viejo ratón muy sabio; éste declaró que el personaje más poderoso del mundo debía ser el sol, porque sin él, no maduraba el arroz. Entonces, el rey Ratón se fue al encuentro del sol. Trepó sobre la montaña más alta, corrió a lo largo de un arco iris hasta que llegó a la cueva del oeste, donde dormía el sol.

-¿Qué quieres de mí, hermanito? -dijo el sol con benevolencia, al verle.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija, la princesa Ratona, porque vois sois el personaje más poderoso del mundo y nadie más puede ser digno de ella.
-¡Oh!, ¡oh! -dijole el sol riendo y guiñando el ojo-. Te estoy muy agradecido, hermanito, pero la princesa Ratona no puede ser para mí; la nube es más poderosa que yo, porque cuando ella me cubre, yo no puedo brillar.
-¡Oh!, entonces no me interesas -dijo el rey Ratón-. Y se marchó sin decir adiós, mientras el sol se reía y guiñaba otra vez el ojo.

El rey Ratón siguió subiendo hasta llegar a la cueva del sur donde dormía la nube.

-¿Qué quieres de mí, hermanito? -dijo la nube al verlo.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija la princesa Ratona, porque sois el personaje más poderoso del mundo. El sol me lo ha dicho y nadie más puede ser digno de ella.
-El sol se ha equivocado -dijo la nube suspirando-. Yo no soy el personaje más poderoso del mundo. El viento es más poderoso que yo, porque cuando sopla no puedo resistirlo y tengo que ir adonde él me lleva.
-Entonces, no me interesas -dijo el rey Ratón con altanería. Y se puso en camino para encontrar al viento.

Viajó días y días por todo el cielo hasta llegar a la cueva del este donde el viento dormía.
Cuando el viento le vio llegar, estalló en tan fuertes carcajadas que hicieron temblar la tierra, y le preguntó:

-¡Oh, oh! ¿Qué quieres de mí, hermanito?

Cuando el rey le dijo que venía a ofrecerle la mano de su hija la princesa Ratona, porque era el personaje más poderoso del mundo, hinchó sus mejillas, dejó oír un silbido terrible y dijo:

- Yo no soy el más poderoso. La pared que han hecho los hombres es más poderosa que yo, porque no puedo derribarla, a pesar de mis esfuerzos. ¡Ve a buscar a la pared, hermanito!

Y el rey Ratón bajó rodando del cielo y siguió bajando hasta llegar a la pared que habían hecho los hombres y que estaba muy cerca de su arrozal.

-¿Qué quieres de mí, hermanito? -gruñó al pared al verlo.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija la princesa Ratona, porque sois el personaje más poderoso del mundo, y nadie más es digno de ella.
-¡Oh, oh! -gruñó la pared-. Yo no soy el más poderoso. El ratón gris que vive en la cueva es más fuerte que yo. Con sus dientes roe y roe mis ladrillos, los va desmenuzando y acabaré derrumbándome. Ve a buscar al ratón gris, hermanito.

Después de todos sus viajes, el rey Ratón tuvo que casar a su hija con otro ratón, pero la princesa Ratona se puso muy contenta, porque ella siempre había deseado casarse con el ratón gris.

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EL COLLAR DE LA VERDAD

Érase una vez una niña que mentía continuamente. A ciertos niños, la mentira no les parece una cosa importante; y una pequeña mentira, o una mentira grande, si es necesario que les salve de un castigo o les produzca un placer, les parece la cosa más legítima del mundo. Así era nuestra niña. Para ella, no existía la verdad. Durante mucho tiempo engañó a sus padres con sus mentiras, hasta que por fin descubrieron lo que les contaba, y ya no tuvieron en ella la menor confianza. Es terrible para los padres no poder confiar en las palabras de sus hijos.

EL VIAJE EN BUSCA DE MERLÍN.

Después de haber probado inútilmente todos los medios, el padre y la madre de la niña resolvieron llevarla al mago Merlín, que entonces era célebre en toda la tierra y, además, gran amigo de la verdad.

Por eso, de todas las partes del mundo le llevaban niños mentirosos para que los curara.
Vivía en un palacio de cristal de paredes transparentes, y nunca pensó ocultar una sola de sus acciones, o hacer creer lo que no era cierto, ni tampoco dejarlo creer, callándose cuando hubiera debido hablar. Reconocía a los mentirosos por el olor a una legua de distancia; y cuando la niña llegó a su palacio se vio obligado a quemar vinagre para purificar el ambiente porque le mareaba el olor.

La madre quiso explicar la fea enfermedad que sufría su hija, pero el mago Merlín la detuvo a las primeras palabras:

-Sé de qué se trata, buena señora. Hace una hora que huelo la llegada de la señorita. Es una mentirosa de primera clase, y me ha hecho pasar un mal rato.

La pequeña no sabía dónde esconderse. Se refugió en las faldas de su madre, que la amparaba lo mejor que podía. El padre se puso ante ella para protegerla de todo riesgo. Deseaban curar a su hija, pero suavemente, sin hacerle ningún daño.

EL COLLAR.

No temáis nada -dijo Merlín al ver el miedo de aquellas gentes-. Que esta señorita me permita hacerle un regalo; creo que le gustará.

Abrió un armario y sacó un magnífico collar de amatistas maravillosamente engarzadas, con un broche de diamantes cuyo resplandor deslumbraba. Lo puso en el cuello de la pequeña, y despidiendo a los padres con gesto benévolo, dijo:

-Id, buenas gentes, y no os preocupéis más. Vuestra hija lleva con ella un seguro guardián de la verdad.

La pequeña enrojeció de contento y se marchaba a toda prisa, encantada de haber salido tan bien librada, cuando el mago Merlín la llamó.

-Vendré a buscar mi collar dentro de un año -dijo mirándola con expresión grave-. Desde este momento prohíbo que te lo quites del cuello ni un solo minuto. ¡Pobre de ti si lo haces!
-¡Oh! No deseo nada mejor que conservarlo siempre. ¡Es tan bonito!

A1 día siguiente de volver a casa, nuestra mentirosa fue a la escuela y como había estado mucho tiempo ausente, todas las demás niñas se agruparon a su alrededor. Sólo se oían exclamaciones sobre la belleza del collar.

-¿De dónde procede? Y tú, ¿dónde has estado? -le preguntaban todas.

En aquellos tiempos sabían lo que significaba volver de la casa de Merlín, ya que era muy conocido por ser el médico de los mentirosos.

Por eso, la niña no se preocupó de hablar así:

-He estado mucho tiempo enferma -dijo descaradamente- y mis padres me han regalado este hermoso collar durante la convalecencia.

Un tremendo grito se oyó, lanzado al unísono por todas las bocas.

Los diamantes del broche que lanzaban tan vivos resplandores se habían apagado repentinamente y convertido en vulgares cristales.

-Pues sí, he estado enferma. ¿Por qué gritáis tanto?

Con esta reincidencia, las amatistas se convirtieron en guijarros amarillentos.

Al nuevo grito de todas, y al ver tantos ojos fijos en su collar, miró ella también y se estremeció de espanto.

-He estado en casa del mago Merlín -dijo humildemente.

Apenas hubo confesado la verdad, el collar reco-bró toda su belleza, pero las carcajadas que resonaban a su alrededor, la humillaron de tal modo que experi-mentó la necesidad de rehabilitarse.

-Os equivocais completamente, porque el mago nos recibió perfectamente, a mis padres y a mí. Mandó su coche a recogernos, y no podéis imaginar lo precioso que es su coche. ¡Seis caballos blancos y cojines de seda rosa con borlas de oro! Cuando llegamos vino a nuestro encuentro al vestíbulo y...

Las risas, apenas ahogadas, se hicieron ahora tan ruidosas, que se detuvo sobrecogida y lanzando una mirada al desdichado collar, nuevamente se estre-meció.

A cada detalle que inventaba el collar se alargaba, se alargaba...

-Tú nos cuentas más de lo que en realidad suce-dió -gritaron las niñas.
-¡Está bien! Confieso que llegamos a pie y que sólo nos quedamos cinco minutos.

El collar se encogió al momento.

-Y el collar, ¿de dónde procede?
-Me lo dio sin decir nada, probable...

No tuvo tiempo de decir nada más. El fatal collar encogía, se encogía hasta oprimirle terriblemente la garganta y sacar la lengua.

-No nos lo dices todo -gritaron las niñas.

Se apresuró a decir, ahora que aún podía hablar:

-Dijo que era una mentirosa de primera clase.

Una vez libre del collar que la estrangulaba, con-tinuó diciendo, mientras lloraba de vergüenza y de dolor.

-Por eso me dio el collar. Dijo que era un guar-dián de la verdad, y yo fui tonta de remate al alegrar-me... ¡Ya me véis, ahora!

Sus amigas compartieron su pena, porque como buenas, se pusieron en su lugar en seguida.

-Eres demasiado buena -dijo la más lista de to-das. En tu lugar yo hubiera mandado a paseo el co-llar. ¿Quién te impide quitártelo?

La niña mentirosa callaba, pero el collar se puso a bailar, a bailar, tanto y tanto que las piedras chocaban entre sí haciendo ruido infernal.

-Hay algo que nos ocultas -prosiguió el grupo de niñas, divertidas por aquel baile extraordinario.
-Tengo intención de guardarlo.

Los diamantes y las amatistas bailaban y se entre-chocaban.

-Tienes alguna otra razón para guardarlo.
-¡Vaya!, puesto que no puedo ocultaros nada, os diré que el mago Merlín me ha prohibido quitármelo bajo pena de un gran castigo.

Inmediatamente el collar se calmó.

Ya imagináis que, con un compañero de esta espe-cie, que se transforma cuando se traiciona la verdad, que se alarga cuando se le añade algo, se encoge cuan-do se le suprime y se pone a bailar cuando se le si-lencia, un compañero del cual no podéis desembara-zaron, no le es posible, ni a la más decidida mentirosa, andar torcidamente por el camino de la verdad. ¿Qué sucedió?
Cuando se acostumbró a decir siempre la verdad, se sintió tan bien, con la conciencia tan ligera y el alma tan tranquila, que tomó horror a la mentira por sí misma y el collar ya no tuvo nada que hacer en su cuello. Antes de que hubiera transcurrido el año, vino el mago Merlín, que necesitaba su collar para otro niño mentiroso y sabía que donde lo había dejado ya no era necesario.
Nadie me ha podido decir todavía lo que se hizo del maravilloso collar de la verdad. Todavía lo buscan, y si yo fuera un niño mentiroso, no estaría demasiado seguro, pues todavía pueden encontrarlo.

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EL HERMANO DE JUAN EL SUCIO

Había una vez un niño tan desordenado que le llamaban Juan el Sucio. Abandonaba sus libros por el suelo, ponía sobre la mesa sus botas llenas de barro, metía los dedos en la mermelada y volcaba el tintero sobre su delantal nuevo. Nadie había visto jamás semejante desorden.

Un día, el Hada Cuidadosa entró en la habitación de Juan. ¡Ah, si hubiérais visto la cara que puso!

-¡Esto no puede continuar así! -dijo el Hada-. Éste es un desorden sin fin. Vete al jardín y juega con tu hermano, mientras yo pongo las cosas en orden.

-Yo no tengo ningún hermano -dijo Juan.

-¡Oh, sí! Tú tienes un hermano -dijo el Hada-. Quizás tú no le conozcas, pero él sí que te reconocerá. Vete al jardín y espérale. Seguro que llegará.

-No sé lo que quiere usted decir -dijo Juan.

Pero, a pesar de ello, bajó al jardín y comenzó a jugar con el barro.

En seguida, una pequeña ardilla saltó a su lado moviendo su espesa cola.

-¿Eres tú mi hermano? -le preguntó el niño.

La ardilla le miró de arriba a abajo con desdén.

-Creo que no -dijo-. Mi pelo está bien cepillado, mi nido muy limpio y mis hijos muy bien educados. ¿Por qué me insultas con esa pregunta? -Y saltó a un árbol.

Y Juan el Sucio continuó esperando. El petirrojo llegó dando saltos.

-¿Eres tú mi hermano? -preguntó Juan.

-¡Desde luego que no! -dijo el petirrojo-. ¡Hay personas de una impertinencia...! En todo el jardín no encontrarás a nadie más cuidadoso que yo, amigo. Durante todo el día he alisado mis plumas, y me gustaría que vieses a mi mujer, incubando nuestros huevos. ¡Son tan suaves y limpios! Tú, mi hermano, ¡ni lo sueñes! -Erizó sus plumas y salió volando.

El niño siguió esperando.

Un poco más tarde llegó un hermoso gato de Angora. Caminaba con precaución para no ensuciarse las patas.

-¿Eres tú mi hermano? -preguntó el pequeño.

-¡Vete a mirarte al espejo! -respondió el gato con altanería-. Desde esta mañana me estoy lamiendo al sol; bien se ve que tú no te lames nunca. No hay nadie de tu especie en mi familia, y me alegro de que así sea. -Y dicho esto, le volvió la espalda y se marchó.

Juan se sintió bastante desconcertado.

A1 cabo de un rato llegó trotando un cerdo. Juan el Sucio no tenía ganas de preguntarle nada, pero el cerdo no esperó mucho tiempo.

-Buenos días, hermano -gruñó.

-Yo no soy tu hermano -dijo el niño.

-¡Oh! Claro que sí -respondió el cerdo-. Confieso -que no estoy muy orgulloso de ti, pero los miembros de nuestra familia se reconocen en todas partes. Ven en seguida; iremos a tomar un buen baño en la charca, y luego nos revolcaremos en el estercolero.

-No me gusta ir al estercolero -dijo Juan.

-¡Anda, cuéntales eso a las gallinas, si quieres! -dijo el cerdo-. Mírate las manos y los pies, y el delantal. ¡Venga, vamos! Tendremos buen tiempo, y quizás haya salvado y aguachirle para comer, si queda todavía.

-¡Yo no quiero salvado! -gritó Juan. Y se puso a llorar.

En aquel preciso momento llegó el Hada Cuidadosa.

-Lo he limpiado y arreglado todo -dijo- y es preciso que se conserve así. ¿Quieres ir con tu hermano o venir conmigo y aprender a ser limpio?

-¡Contigo, contigo! -gritó Juan agarrándose al vestido del Hada.

-¡Me alegro! -gruñó el cerdo-. Es una pequeña pérdida, pero así habrá más salvado para mí.

Y se marchó.

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POR QUÉ EL PINO, EL ABETO Y EL ENEBRO CONSERVAN SUS HOJAS EN INVIERNO

Una vez, hace ya mucho tiempo, hacía mucho frío; el invierno estaba cerca. Todos los pájaros emigrantes se habían marchado hacia el sur, para quedarse allí hasta la primavera. Pero quedaba un pajarito que tenía un ala rota y no podía volar. No sabía qué hacer. Miró a su alrededor para ver si encontraba un lugar donde abrigarse. Y vio los hermosos árboles del enorme bosque.

«Quizá los árboles me cobijarán durante el invierno», pensó.

Y aleteando lo mejor que pudo, llegó al lindero del bosque. El primer árbol que encontró fue un álamo blanco de hojas plateadas.

-Álamo precioso -dijo el pobre pajarito-. ¿Me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
-¡Ah, ah! -dijo el álamo-. ¡Vaya una idea! Bastante trabajo tengo con vigilar mis propias ramas. ¡Fuera de aquí!

El pobre pájaro, aleteando lo mejor que pudo, con su ala rota, llegó al árbol siguiente. Era un roble grande y frondoso.

-Roble, buen roble -dijo el pobre pajarito-, ¿me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
-¡Vaya una pregunta! -dijo el roble-. Si te dejo vivir en mis ramas, picotearás todas mis bellotas. ¡Fuera de aquí!

El pobre pajarito, aleteando lo mejor que pudo, con su ala rota, llegó a un gran sauce, que crecía a orillas del río.

-Precioso sauce -dijo el pobre pajarito-, ¿me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
-No, de ninguna manera -dijo el sauce-. Yo no cobijo jamás a los desconocidos. ¡Fuera de aquí!

El pobre pájaro ya no sabía a quién dirigirse, pero continuó aleteando lo mejor que pudo, con su ala rota.

Muy pronto le vio el abeto y le dijo:

-¿Dónde vas, pajarito?
-No lo sé -respondió-, los árboles no quieren cobijarme y yo no puedo volar lejos con mi ala rota.
-Ven a mis ramas -dijo el gran abeto-, puedes escoger la que más te guste; mira, me parece que en este lado se está más caliente.
-Muchas gracias -dijo el pajarito-, ¿pero podré quedarme todo el invierno?
-¡Claro! -dijo el abeto-. Así me harás compañía.

El pino estaba muy cerca de su primo el abeto, y cuando vio al pajarito que brincaba y revoloteaba sobre las ramas del abeto, le dijo:

-Mis ramas no son muy frondosas, pero puedo proteger del viento al abeto, porque soy grande y fuerte.

De esta manera, el pajarito se arregló un lugar abrigado, en la rama más grande del abeto y el pino le protegía del viento.

Cuando el enebro se enteró, dijo que daría comida al pajarito durante todo el invierno. Sus ramas estaban cubiertas de hermosas bayas negras, y las bayas del enebro son un gran alimento para los pájaros.

El pajarito estaba muy contento en su casa, tan caliente y bien abrigada, y todos los días iba a comer a las ramas del enebro.

Los otros árboles vieron esto e hicieron muchos comentarios.

-Yo no prestaría mis ramas a un pájaro que no conozco -dijo el álamo.
-A mí me daría miedo perder mis bellotas -dijo el roble.
-Yo no hablo jamás con desconocidos -dijo el sauce, y los tres a la vez se irguieron con orgullo.

Aquella noche el viento del norte pasó por el bosque. Sopló sobre los árboles con su aliento helado y hoja que tocaba, hoja que caía. Quería tocar todas las hojas, porque al viento del norte le gusta ver los árboles desnudos.

-¿Puedo jugar con todos los árboles? -preguntó el viento a su padre el Rey de la Escarcha.
Hijo -dijo el Rey-, los árboles que han sido buenos con el pajarito, pueden conservar sus hojas.

Y el viento del norte los dejó en paz, y el pino, el abeto y el enebro conservaron sus hojas todo el invierno hasta que brotaron las nuevas. Y desde entonces, siempre ha sido así.

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EL GATO Y EL LORO

Había una vez un gato y un loro. Decidieron invitarse a comer, primero en casa de uno, después en casa del otro. El gato debía empezar. Pero era un gato muy avaro, sólo puso sobre la mesa un litro de leche, un trocito de pescado y una galleta. El loro era un loro bien educado y no se quejó, pero no quedó muy contento.

Cuando le tocó a él invitar al gato, el loro preparó una excelente comida. Hizo asar un lomo de ternera, cogió una cesta de fruta, llenó una jarra de vino y, además, hizo cocer un montón de riquísimos pasteles, dorados y crujientes. Llenaban la canasta de la ropa; su olor se esparcía por toda la casa. ¡Había quinientos!

Entonces puso cuatrocientos noventa y ocho ante el gato y para él no guardó más que dos.

El gato comió el asado y bebió el vino. Saboreó la fruta y después atacó el montón de pasteles. Se los comió todos; comió los cuatrocientos noventa y ocho pasteles. Después se volvió hacia el loro y le dijo:

-Tengo hambre, ¿no tienes nada más que comer?
-Quedan mis dos pasteles -dijo el loro. Había quedado tan sorprendido de la hazaña del gata que ni los había probado-. ¿Los quieres?

El gato comió también los dos pasteles; después, relamiéndose los bigotes, le dijo:

-Me está entrando el apetito. ¿No tienes nada más para comer?
-¡Vaya! -dijo el loro amoscado-. Ya no me queda nada, a menos que me quieras comer a mí.

Apenas había terminado de hablar, cuando el gato se relamió los bigotes, abrió la boca, y, ñim, ñam, engulló al loro.

Una vieja, que les había servido la comida y que había quedado sorprendida por la conducta del gato, le dijo:

-¡Gato! ¡Gato! ¿Cómo has podido comer a tu amigo el loro?
-¡Un loro! ¡Bah! ¿Qué es un loro para mí? -respondió el gato-. ¡Tengo ganas de comerte a ti también! -Y ñim, ñam, engulló a la vieja.

Entonces bajó a la calle pavoneándose, aunque no había por qué.
Entonces encontró un hombre que conducía un asno y le dijo:

-¡Apártate a un lado, Minino! Llevo prisa y podría aplastarte mi asno.
-¡Un asno! ¡Bah! ¿Y qué es un asno para mí? -dijo el gato-. Me he comido quinientos pasteles; me he comido a mi amigo el loro; me he comido a una vieja. ¿Por qué no me he de comer también a un buen hombre y su asno? -Y ñim, ñam, engulló al buen hombre y a su asno.

Y prosiguió su camino pavoneándose así. Un poco más lejos encontró el cortejo de la boda del rey. El rey iba delante con su vestido nuevo, acompañando a la novia y detrás de él marchaban sus soldados; les seguían una gran cantidad de elefantes en fila, de dos en dos. El rey estaba de muy buen humor porque acababa de casarse y dijo al gato:

-¡Apártate a un lado, Minino! Mis elefantes podrían aplastarte.
-¿Aplastarme a mí? ¡Bah! -respondió el gato irguiéndose. ¡Ja! ¡Ja! Me he comido quinientos pasteles, me he comido a mi amigo el loro, me he comido a una vieja, me he comido a un buen hombre y su asno. ¿Por qué no me he de comer también a un desgraciado rey y todo su séquito? -Y, ñim, ñam, engulló al rey y a la reina, a todos los soldados y a todos los elefantes.

Después continuó su camino, no muy deprisa, porque empezaba a estar un poco harto. Pero, algo más lejos, encontró a dos enormes cangrejos, caminando de lado tan aprisa como podían.

-¡Apártate a un lado, Minino! -gritaron.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -exclamó el gato con una voz terrible-. Me he comido quinientos pasteles, me he comido a mi amigo el loro, me he comido a una vieja, me he comido a un pobre hombre y su asno, al rey, a la reina, a los soldados y a los elefantes. ¡Os voy a comer a vosotros también!

Y ñim, ñam, engulló a los dos enormes cangrejos.

Cuando los cangrejos llegaron al final, comenzaron a mirar a su alrededor. Estaba muy, oscuro, pero al cabo de un momento, pudieron ver al pobre rey sentado en un rincón, con la reina en brazos, porque se había desmayado. Cerca de él estaban los soldados apretados unos contra otros, y los elefantes, que intentaban ponerse en fila de dos en dos, pero no podían porque no había bastante sitio. Enfrente estaba la pobre vieja y a su lado, el buen hombre con su asno. En el tercer rincón, había un gran montón de pasteles y encaramado sobre ellos, el loro, con las plumas erizadas.

-Hermanos, manos a la obra -se dijeron los dos enormes cangrejos. Y, ris, ras, comenzaron a hacer un agujerito en el costado del gato, con sus pinzas; ris, ras, ris, ras, hasta que el agujero fue lo bastante grande para poder pasar por él. Entonces salieron los dos cangrejos y detrás de ellos, salió el rey con su esposa, luego los soldados y los elefantes en fila, de dos en dos, después el buen hombre y su asno; después la pobre vieja y al final, el loro con un pastel en cada pata. (Él sólo quería dos pasteles.)

Y el gato tuvo que pasarse todo el día cosiendo el agujero de su costado. ¡Así aprenderá a no ser tan glotón!

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CHACALITO LISTO Y EL VIEJO COCODRILO

Érase una vez un chacalito a quien gustaban mucho los animales con caparazón. Por eso cada día bajaba a la orilla del río para buscar cangrejos.

Un día que tenía mucha hambre, metió la pata dentro del agua sin mirar antes -no lo hagáis nunca- y ¡ñac! se la cogió de un bocado el viejo cocodrilo que estaba en el fondo.

-¡Pobre de mí! -pensó el chacalito-. El viejo cocodrilo me ha cogido la pata con la boca y ahora me comerá. ¿Qué podría hacer para que me soltara?

Pensó un poco y luego se puso a reír con todas sus fuerzas.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! El señor cocodrilo ya está medio ciego. Ha cogido una vieja raíz y cree que es mi pata. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La encontrará muy tierna...

El viejo cocodrilo, que estaba echado en el fondo, entre el fango y los juncos, pensó que las olas del río le enturbiaban la vista. «Toma, se dijo, me he equivocado», y abrió la boca. El chacalito retiró rápidamente la pata y huyó gritando:

-¡Oh, protector de los pobres! Monseñor Cocodrilo habéis sido muy amable de dejarme escapar.

El cocodrilo, rabioso, retorcía la cola, pero el chacalito quién sabe dónde paraba.

Estuvo muchos días sin acercarse al río, pero al final tuvo tantas ganas de comer cangrejos que no pudo resistir. Bajó hacia el río con mucho cuidado y, aunque no vio nada raro, quedó un poco lejos hablando solo en voz alta, como tenía por costumbre.

-Cuando miro las aguas del río, veo los cangrejos como salen del agua. Entonces metó la pata y los cojo... Pero hoy, ¿dónde se habrán escondido?

El viejo cocodrilo, tendido en el fondo del río, entre el fango y los juncos, lo oía y pensó.

«Haré como si fuera un cangrejito y cuando el chacalito meta la pata se la cogeré.» Y sacó la punta del morro saliendo del agua... igual que un cangrejito.

El chacalito lo vio en seguida y gritó:

-¡Oh, gracias, monseñor cocodrilo! Gracias por enseñarme el sitio donde estáis, monseñor. Pero hoy me iré a otro sitio para comer. Buenos días.

Y se fue corriendo, corriendo.

Durante quince días el chacalito no se acercó al río; pero pasando este tiempo notó que el estómago le estaba pidiendo una comidita de cangrejos. Con mucho cuidado bajó hacia el río y miró por los a!rededores. Ni rastro de cocodrilo. Pero el chacalito no acababa de quedar tranquilo. Quedó un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tenía por costumbre:

-Cuando no veo cangrejos cerca del río, ni saliendo del agua, veo las burbujas de aire que suben por el agua y hacen «puf, puf, puf» y «chap, chap, chap». Y eso me enseña dónde están los cangrejos. Entonces meto la pata en el agua y los cojo. ¿Dónde estarán las burbujas hoy?

El viejo cocodrilo, tendido en el fondo del río, en- el fango y los juncos, lo oyó y pensaba:

«Eso es sencillo. Echaré burbujas de agua y cuando el chacalito meta la pata dentro del agua lo cogeré. »

Y empezó a soplar dentro del agua, de manera que las burbujas hacían un remolino. El chacalito no esperó a que le dijeran quién hacía aquellas burbujas. Echó un vistazo y se puso a correr con todas sus fuerzas gritando:

-¡Monseñor cocodrilo, protector de los pobres! ¡Cuánta bondad la vuestra de mostrarme el lugar donde yacéis! Pero hoy me iré a otro sitio para comer.

El viejo cocodrilo se puso tan furioso que hasta salió del río y corrió para alcanzar al chacalito; pero el chacalito quién sabe dónde paraba.
Después de esto el chacalito no se atrevía ya a bajar al río; pero descubrió un rincón lleno de higos silvestres, tan dulces, que cada día iba a comer.
El cocodrilo se lo olió y decidió que antes se dejaría matar que perder al chacalito. Se arrastró hasta el lugar de los higos silvestres, recogió un buen montón y se metió debajo.
Muy pronto llegó el chacalito saltando, feliz y tranquilo, pero vigilando siempre. Vio aquel gran montón de higos debajo de la higuera.

«Mmm -pensó-. Esto parece una buena trampa de mi buen amigo, monseñor Cocodrilo. Antes que nada haré una investigación.»

Se quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tenía por costumbre.

-Los higos que más me gustan son los maduritos que el viento hace caer del árbol y que en el suelo el viento hace correr de acá para allá. Pero estos higos que hay en este montón no se mueven nada; a lo mejor son malos.

El viejo cocodrilo, escondido bajo el montón, lo oyó y pensó:

« ¡Malhaya este chacal! Tendré que mover los higos para que crea que los mueve el viento.» Y empezó a moverse y retorcerse hasta que los higos cayeron y empezaron a verse las escamas de su piel.
El chacalito no esperó mucho; se puso a correr con todas sus fuerzas gritando:

-Muchas gracias, monseñor Cocodrilo. Sois muy amable de venir hasta aquí; pero no me da tiempo de saludaros... Buenos días.

El viejo cocodrilo de la rabia que tenía enseñaba los colmillos; juró que se comería al chacal con la piel y todo. Se arrastró hasta la guarida del chacal, echó la puerta al suelo y entró dentro.
Al poco rato llegó el chacalito saltando, feliz y tranquilo, pero vigilando siempre. Vio el suelo apisonado, como si hubieran arrastrado troncos.

-¿Qué será esto? ¿Qué debe de haber ocurrido?

Después vio la puerta de su casa al suelo y los goznes arrancados. Y volvió a pensar.

«¿Qué será esto? ¿Qué debe haber pasado? Creo que voy a hacer otra in-ves-ti-ga-ción.»

Se quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tenía por costumbre:

-¡Qué raro! Mi casita no me dice nada. ¿Por qué no me dices nada hoy, casita mía? Cada día me saludabas en cuanto me veías llegar. ¿Qué te pasa hoy, casita mía?

El viejo cocodrilo, escondido dentro de la casita, lo oyó y pensó:

«Voy a tenerle que hablar, como si fuera su casita; si no este imbécil es capaz de no entrar.» Y procurando hacer una voz muy dulce (cosa difícil, como podéis imaginar) dijo:

-¿Qué tal, qué tal, chacalito?

Cuando el chacalito oyó aquella voz empezó a temblar y a pensar:

«Es el viejo cocodrilo; y si no lo mato de una vez será él quien me mate a mí. ¿Qué voy a hacer?»

Pensó un poco y luego gritó alegremente:

-¡Gracias, casita mía! Estoy contento de oírte. Entro en seguida; espera sólo un momento que coja las ramas para hacer un buen fuego y cocer la comida.

Cogió un buen montón de ramas, y otro y otro y los fue poniendo delante de la puerta y alrededor de la casa. Luego prendió fuego.
Y las ramas ardieron tanto que el viejo cocodrilo quedó seco y ahumado como un arenque.

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LOS NUDOS DE LA RED

Un día, dos niños llegaron a una pequeña aldea junto a la mar salada, para ver a un marinero que conocían. Encontraron al marinero sentado a la puerta de su casa, frente al océano, haciendo nudos en una cuerda.

-Buenos días -dijo el marinero-. ¿Cómo estáis?

-Muy bien, gracias -respondieron los niños, que estaban muy bien educados-. Hemos oído decir que usted tenía un barco y hemos pensado que quizá quisiera llevarnos para que pudiéramos aprender su manejo. Esto es lo que deseamos por encima de todo.

-Cada cosa a su tiempo -dijo el marinero-. Ahora estoy muy ocupado, pero quizá luego, cuando haya terminado mi trabajo, llevaré a uno de vosotros conmigo si estáis dispuestos a aprender. Ahora debo marcharme, pero he ahí unos cordeles que deben ser anudados; podríais hacerlo vosotros, porque es necesario que esto se haga.

Les enseñó la manera de hacer los nudos y se fue.
Cuando estuvo lejos, el mayor de los niños corrió hacia la ventana y miró hacia afuera.

-Veo el mar -dijo-. Las olas llegan hasta la playa, junto a la casa. Están cubiertas de espuma, como los caballos que se encabritan y luego se vuelven hacia atrás ¡ven a verlo!

-No puedo -dijo el otro niño. Estoy a punto de hacer un nudo.

-¡Oh! -gritó su hermano-, ¡veo la barca! Baila en el mar como una bailarina. No he visto jamás nada tan bonito. ¡Ven a verlo!

-¡No puedo! -dijo el segundo niño-. Estoy a punto de hacer otro nudo.

-Sería maravilloso pasear por allí -dijo el primer niño-. Creo que el marinero me llevará con él, porque soy el mayor y sé más que tú. No necesito mirar cómo se hacen los nudos, porque ya lo sé.

En aquel preciso momento volvió el marinero.

-¡Bien! -dijo-. Ya he terminado. ¿Qué habéis hecho mientras me esperábais?

-Yo he mirado el barco -dijo el mayor de los niños-. ¡Qué bello es! Me alegro de poder subir a él!

-Yo he hecho nudos -dijo el segundo.

-Entonces, ven -dijo el marinero tendiéndole la mano-. Te llevaré conmigo en mi barco y te enseñaré a conducirlo.

-¡Pero yo soy el mayor! -gritó el otro-. ¡Y sé mucho más que él!

-Puede ser -dijo el marinero-. Pero es necesario aprender a hacer un nudo antes de querer navegar.

-Yo he aprendido a hacer nudos -gritó el niño-, Los hago muy bien.

-¿Cómo puedes saberlo, si no has hecho ninguno? -preguntó el marinero.

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EL FLAUTISTA DE HAMELIN

Una vez estuve en un pueblo situado en la ladera de una colina que tenía en lo alto una enorme roca en forma de techo.

Todas las calles bajaban de la colina hacia un ancho río y, cosa extraña, en todas las tiendas de comestibles, se veían... ratas. Ratas de chocolate, de mazapán, de caramelo, grandes ratas, ratas pequeñas... Quedé tan sorprendida que tuve que preguntar:

-¿Por qué tenéis tantas ratas en las tiendas?

-Porque este es el pueblo de Hamelín, ¿sabe usted?

-¿Y qué tiene que ver con las ratas el pueblo de Hamelín?

-Es el pueblo del flautista. ¿No sabe usted la historia del flautista? -me contestaron.

No, no; yo no la sabía. Y os lo cuento como me lo contaron:

Mucho, mucho tiempo atrás, el pueblo estaba llenísimo de ratas. Había ratas en las casas, en las tiendas, en los almacenes, en la iglesia. Trepaban por las paredes, se metían en armarios y cómodas, se comían el pan, la harina, el grano, el queso, el tocino, los arenques... todo, todo lo comían. Anidaban dentro de las ollas, de los cajones, de los sombreros, y una mañana, al despertarse, el alcalde se encontró un nido de ratas entre los pelos de su larga barba.
Esto colmó la medida de su paciencia porque hacía ya mucho tiempo que la gente le pedía cuentas.

-Vamos a ver, ¿para qué pagamos nosotros? ¿De qué sirve un alcalde si no puede librarnos de las ratas? Apañaos como podáis. No parece que las ratas os preocupen mucho, pero nosotros estamos ya hasta la coronilla. O el alcalde acaba con las ratas, o nosotros acabamos con el alcalde.

Después de eso, el nido de ratas en su barba fue ya el colmo. Se sentó en el gran sillón del Ayuntamiento, puso la cabeza entre las manos y empezó a pensar, a pensar, a pensar...
De pronto le pareció oír un ruidito en la puerta: ¡ta ta ta ta! El pobre alcalde, que empezaba a adormecerse, se sobresaltó en su sillón: «debe de ser alguna de estas malditas ratas», pensó enojado.
¡Ra ta ta ta! Alguien llamaba sin duda. El alcalde se frotó los ojos y dijo:

-¡Adelante!

La puerta se abrió y entró por ella el personaje más raro que se pueda imaginar. Era alto y seco como un palo, la barba puntiaguda, los labios delgados, los ojos azules de mar y una mirada que todo lo atravesaba. Vestía mitad azul y mitad amarillo y de su cuello pendía una flauta atada a una larga cinta amarilla con la que jugaban sus largos y delgados dedos.
Se acercó al alcalde y le dijo tranquilamente:

-Creo que las ratas os apuran en este pueblo.

-¡Claro! -gruñó el alcalde.

-¿Queréis que os libre de ellas?

-¿Vos? -exclamó el alcalde-. ¿Y cómo lo haríais?

-Eso corre de mi cuenta -contestó el desconocido-. Me llaman «el hombre de la flauta» y conozco la manera de que me siga todo lo que anda, nada o vuela. ¿Cuánto me dais por libraros de las ratas?

-Lo que queráis. No creo que podáis hacerlo, pero si lo conseguís os daré... diez mil francos.

-Muy bien -contestó el flautista-, trato hecho.

Marchó hacia la plaza, salió a la calle y se paró. Después llevó la flauta a los labios y moduló una canción, una rarísima canción, por cierto.
De pronto... Pareció oírse un ruido lejano, profundo.
Después... empezaron a acudir ratas, ratas, ratas. Ratas por aquí, ratas por allí, ratas grandes, ratas chicas, ratas gordas, ratas flacas, ratas negras, grises, viejas, jóvenes, pizpiretas, soñolientas, ratas sabias, tontas, satisfechas, hambrientas... No faltaba ni una rata: padres, madres, hijos, hijas, abuelos, abuelas, hermanos, tíos, sobrinos, familias enteras de ratas siguiendo las notas de la rara canción.
Por las calles el hombre avanzaba pausadamente y las ratas, danzando como locas, se dejaban llevar hacia el río.
Allí, el flautista se detuvo bruscamente, pero las ratas no pudieron detener el empuje que llevaban; cayeron al agua y se ahogaron. Se ahogaron todas, todas, todas menos una rata gorda y vieja que de tan gorda como era flotó sobre el agua, llegó a la otra orilla y se escondió.
Entonces el flautista volvió al Ayuntamiento.
Todo el mundo le vitoreaba y aplaudía.
El alcalde propuso disparar un gran castillo de fuegos artificiales en medio de la Plaza Mayor. Y muy amablemente rogó al flautista que se quedara a verlo.

-Desde luego -contestó el hombre-. Eso será muy bonito; pero antes yo quiero cobrar mis diez mil francos.

-¡Bah, bah, bah! -dijo el alcalde-. ¿Os referís a la bromita de antes, claro? Era una broma, naturalmente. No me negaréis que es fastidioso pagar por lo que ya no se necesita.

-No era una broma -dijo el hombre de la flauta pausadamente-. Era un trato. Mis diez mil francos, si os place.

-¡Oh, bah! -dijo el alcalde-. No valía ni cuatro cuartos las cancioncilla que habéis tocado. Os daré veinte francos y no hablemos más del asunto.

-Tratos son tratos -insistió el hombre-. Por última vez, ¿queréis darme mi dinero, sí o no?

El señor alcalde empezaba a amoscarse.

-Os llenaré la pipa de tabaco después de una buena comida y dejadme en paz -gritó enojado.

Los ojos azul de mar del flautista empezaron a brillar con un reflejo extraño y dijo muy despacio:

-Todavía tengo otra canción para los que me engañan.

-¡Tocad lo que queráis y marchaos! -gritó el alcalde.

Entonces el hombre de la flauta se irguió sobre los escalones del Ayuntamiento. Se llevó la flauta a los labios y empezó a tocar. Era una melodía muy distinta, muy distinta de la primera. Algo muy suave, muy dulce.
Entonces... Piececitos blancos, descalzos, calzados, zapatitos claros, oscuros, manecitas regordetas, boquitas sonrientes, naricillas respingonas, ojillos vivarachos, todos, todos los niños y niñas salían de sus casas saltando, corriendo, danzando, sin escuchar las voces de los padres, sin ver las lágrimas de las madres, sin oír más que la dulce canción que les arrastraba, les arrastraba...

-¡Detenedle, detenedle! ¡Detenedle, señor alcalde! -gritaba la gente.

-¡Tendréis los diez mil francos! ¡De veras que os los daré! -gritaba el alcalde intentando alcanzarle.

Pero la misma melodía que arrastraba a los niños, mantenía a los mayores extrañamente inmóviles.
Vieron cómo el flautista bajaba lentamente la calle seguido por los niños que danzaban, y cómo llegaba al río.

-¡Los ahogará! ¡Los ahogará! -gritaba la gente.

Pero el hombre dio la vuelta y empezó a subir la colina que tenía en lo alto una extraña roca en forma de techo. Y cuando llegó allí, la montaña se abrió y el hombre entró en ella, tocando su flauta. Y los niños le siguieron todos, todos, todos menos uno que cojeaba y no pudo llegar