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DE COMO LA CORREHUELA TREPÓ
A LOS ARBOLES 
En
tiempos remotos, remotísimos, la correhuela no
trepaba a los árboles; solamente se extendía
por el suelo y lo cubría con sus campanillas
rosadas y azules. Ni se le había ocurrido la
idea de trepar. Pero no muy lejos de allí había
un árbol y en lo alto de un árbol había
hecho su nido la señora Pájara Pinta con
un pequeño Pintito que estaba enfermo, se había
roto el ala y no podía volar. Por eso se pasaba
el día solo en el nido. Cuando por la noche llegaba
Mamá Pinta le contaba, de pe a pa, todo lo que
había visto durante el día. Y a menudo
le hablaba de una correhuela muy bonita que florecía
por el suelo. Entonces Pintito suspiraba: « ¡Cuánto
me gustaría verla!»Todo eso lo oía
la correhuela desde el suelo. También a ella
le gustaría asomarse al nido del pobre Pintito
y hacerle compañía.Poquito a poco se iba
estirando y arrastrando por el suelo, un trocito más
cada día, hasta que al fin llegó al pie
del árbol. De momento no podía hacer más
puesto que no sabía trepar.Pero sus deseos de
ver y acompañar al pajarito enfermo eran tan
fuertes que empezó a abrazarse al árbol,
a dar vueltas por su tronco, agarrándose a la
corteza como podía, a subir, a subir siempre,
cogiendo una ramita baja primero, otra más alta
después, hasta que al fin llegó al nido
de Pintito. Y Pintito batió las alas lleno de
contento cuando vio las campanillas rosadas y azules.Así
fue como la correhuela aprendió a trepar.
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EL
CUENTO DE RATAPON 
Había
una vez un conejito gris que vivía con su mamá
en una bonita madriguera bajo la hierba espesa. Se llamaba
Ratapón y su mamá Mariquita Colacorta. Todas
las mañanas cuando Mariquita Colacorta iba a buscar
la comida, decía a su hijo:
-Ahora,
Ratapón, quédate quieto y no hagas ruido.
Veas lo que veas, oigas lo que oigas, no te muevas. Recuerda
que no eres más que bebé-conejo y escóndete
bien.Y Ratapón decía: «Sí,
mamá».Un día, después que su
mamá salió, estaba Rata- muy tranquilo en
su madriguera, metiendo la nariz entre la hierba. Volviendo
un poco la cabeza podía ver algo de lo que pasaba
por el mundo. Un día un pájaro se posó
sobre una rama gritando:-Ladrón, ladrón.Pero
Ratapón no movió ni pie ni pata.Otro día,
una mariquita de San Antón, dio un paseo a lo largo
de un tallo de hierba, pero como pesaba demasiado, al
llegar arriba, bajó rodando hasta el suelo. Ratapón
tenía muchas ganas de reír, pero no movió
ni pie ni pata. Y permaneció quieto.Aquel día
el sol calentaba mucho y todo parecía dormir.De
repente, Ratapón oyó un ruidito, lejos...,
muy lejos, como si alguien hiciera chs-chss-chss muy suavemente.
Escuchó. Era un ruido muy raro: chss-chsschss,
primero más débil, luego más cerca.«
¡Es curioso! -pensó Ratapón-. ¿Qué
podrá ser? Es como si alguien se acercara; pero
siempre que alguien se acerca, oigo sus pasos y ahora
no oigo más que chss-chss-chss. ¿Qué
podrá ser?»El ruido era cada vez más
fuerte. De pronto, Ratapón olvidó las órdenes
de mamá y se levantó sobre sus patas traseras.
El ruido cesó.-¡Bah! -dijo Ratapón-.
Ya no soy un bebé, tengo tres semanas; quiero saber
que es esto.Sacó la cabeza fuera de la madriguera
y vio... los ojos de una espantosa serpiente fijos en
los suyos.-¡Ma... má! ¡Ma... má!
-gritó Ratapón-. ¡Oh! Ma...Pero ya
no pudo gritar más porque la malvada serpiente
ya le había cogido de una oreja y se enroscaba
alrededor de su cuerpecito. ¡Pobre Ratapón!Pero
su mamá le había oído. Saltó
sobre las piedras, brincó por los collados y corrió
como el viento a través de la hierba y a través
de los brezos. Ya no era la tímida Mariquita Cola-corta,
sino una mamá que iba a salvar a su hijito. Cuando
vio a Ratapón y a la serpiente, tomó impulso
y ¡hop!, ¡hop!, saltó sobre el lomo
del horrible animal y le arañó con sus uñas.
La serpiente silbó con rabia pero no soltó
a Ratapón. ¡Hop!, ¡hop! Mariquita Cola-corta,
saltó de nuevo y, esta vez, le rasgó la
piel y le hizo tanto daño que la serpiente se retorció,
pero sin soltar a Ratapón. Por fin, mamá
Coneja, saltó por tercera vez, y desgarró
la piel de la serpiente con sus uñas. Mordía
y arañaba tanto, que la serpiente tuvo que soltar
al conejito y Ratapón rodó como una pelota
y empezó a correr.-¡Corre, deprisa! ¡Corre,
deprisa! -gritaba la madre; y ya podrás imaginar
cómo trotaba! Unos momentos después, Mariquita
Colacorta le alcanzó y le enseñó
el camino. Cuando la madre corría, se veía
la manchita blanca de su cola, y Ratapón seguía
la mancha -blanca.Le llevó lejos, muy lejos, a
través de la hierba espesa, hasta un lugar donde
la malvada serpiente no pudiera volver a encontrarles
y allí construyó otra madriguera. Y ya te
darás cuenta que, ahora, cuando la madre dice a
Ratapón que se quede escondido, no le quedan ganas
de desobedecer.
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EL
LOBO, EL CERDITO, EL PATO Y LA OCA 
Había
una vez un cerdito, un pato y una oca que eran muy amigos.
Había también un lobo que vivía en
el bosque, cerca de allí.
Un
día los tres amigos decidieron hacerse una casa
para cada uno. El pato fue al bosque y con musgo y hojas
hizo la suya. La oca fue al bosque y con musgo, hojas
y ramitas hizo la suya también.
Pero
el cerdito cogió tablas, clavos y martillo y construyó
una casa la mar de fuerte; y hasta en el tejado clavó
unos clavos con la punta al aire.
Cuando
hubieron terminado llegó el lobo y fue directo
a la casa del pato.
-Abreme,
pato.
-¿Por qué?
-Porque quiero entrar.
-Pues no quiero abrir.
-Prepárate; subiré al tejado y saltaré
y saltaré y la casa te hundiré.
-Sube, si quieres.
Y
el lobo subió sobre la casa del pato y la hundió,
pero el pato ya había escapado a casa de la oca.Entonces
el lobo se fue a casa de la oca.
-Ábreme,
oca.
-¿Por qué?
-Porque quiero entrar. He de comerme el pato que tienes
aquí.
-Pues no quiero abrir.
-Prepárate; subiré al tejado y saltaré
y saltaré y la casa te hundiré.
-Sube, si quieres.
Y
el lobo subió sobre la casa de la oca y la hundió;
pero la oca y el pato ya habían escapado a casa
del cerdito. Entonces el lobo fue a casa del cerdito:
-Ábreme,
cerdito.
-¿Por qué?
-Porque quiero entrar. He de comerme el pato y la oca
que tienes aquí.
-Pues no quiero abrir.
-Prepárate; subiré al tejado y saltaré
y saltaré y la casa te hundiré.
-Sube, si quieres.
Y
el lobo subió sobre la casa del cerdito y saltó
y saltó, pero los clavos que el cerdito había
puesto allí se le clavaban y tuvo que bajar con
el rabo entre las patas. Entonces puso el hocico en el
agujero de la cerradura y miró qué pasaba
dentro de la casa. El cerdito decía a sus amigos:
-Vamos
a hacer unas buenas gachas de maíz. El pato que
encienda el fuego, la oca que traiga el agua y yo pasaré
al harina con mi cola.
El
lobo miraba y decía muy quedo:
-Comer,
comería, la cola del cerdo que pasa la harina.
El
cerdito lo oyó y preguntó:
-¿Qué
dices lobo?
-Digo que el pato enciende un buen fuego... -y más
bajito añadía-: Comer, comería, la
cola del cerdo que pasa la harina.
-¿Qué dices, lobo?
-Digo que la oca trae bien el agua... -y más bajito
añadía-: Comer comería, la cola del
cerdo que pasa la harina.
-¿Qué dices, lobo?
-Digo que pasas muy bien la harina.
Cuando
la harina estuvo pasada, el cerdito la deshizo con agua
fría, la puso en la olla y la. colocó en
el fuego y la removía con una gran cuchara de madera.
Cuando las gachas estuvieron cocidas, que aún hervían,
el cerdito preguntó:
-¿Quieres
probarlas?
-Ya lo creo que sí.
-Pasa la pata.
El
cerdito abrió un poco la puerta y el lobo pasó
la pata para poder entrar. Pero el cerdito le tiró
en una gran cucharada de gachas hirviendo y el lobo se
puso a gritar y huyó hacia el bosque.
Nunca
más volvió. Y el cerdito, la oca y el pato
vivieron felices los tres, sin pelearse jamás.
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LA
RANA Y EL BUEY 
Una
rana vio a un buey. Y el buey le pareció hermoso.
¡Qué
grande es! ¡Qué grande es! -se dijo-. Yo
soy muy pequeña y no me gusta, quisiera ser tan
grande como el buey.
Y
la ranita empezó a comer mucho para llegar a ser
grande, grande como el buey. No tenía siempre hambre,
pero no dejaba de comer, y le decía a su hermanita
rana:
-Mírame
bien, hermana mía, mira a ver si crezco, mira si
soy tan grande como el buey. -¡Oh, no! No eres tan
grande como el buey.
La
ranita comía todavía más y engordó
tanto que casi no podía saltar.
-Mírame
ahora, si soy tan grande como el buey.
-¡Oh,
no! No eres tan grande como el buey. Eres muchísimo
más pequeña. Nunca serás tan grande
como el buey.
Pero
la ranita quería ser grande como el buey. Y se
puso a comer hierba y moscas y todo lo que encontraba
para comer. Se había convertido en una gorda, gordísima
rana, pero no era tan grande como el buey y su hermanita
rana se burlaba de ella.
-Comes
en vano, nunca serás como el buey, eres sólo
una ranita. ¿Por qué quieres ser tan grande
como el buey?
Pero
la rana no hacía caso de su hermana. ¡Seguía
comiendo! ¿Y sabéis lo que pasó?
¡Comió demasiado, se puso enferma y se murió!
¡Ah!
Tonta y envidiosa ranita. ¿Por qué no quiso
ser una ranita? Las ranas son muy graciosas, ¡tan
pequeñas...! ¡Qué feas serían
si fuesen grandes como bueyes! ¡No ,podrían
saltar sobre la hierba!, ni esconderse entre las hojas
o en los cañaverales, cuando alguien las quiere
coger.
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EL LEÓN Y EL RATONCILLO

He
aquí que, un día, un enorme león
que vivía en la selva se quedó profundamente
dormido entre los árboles del bosque.
Mientras él dormía, un ratoncillo atrevido
no hacía más que pasar y pasar junto a él.
Tanto le gustaban estos paseos, que cuando el león
despertó todavía alcanzó a verlo.
¡Y no adivinaríais dónde!
Justo, justo... al lado de su temible pata. ¡La
garra del león! ¡Imaginad!
Seguro
que el león, sin apenas moverse, podía matar
tranquilamente al diminuto ratón.
¡Pero no lo mató!
En aquella ocasión, el «rey de los animales»
se portó como un rey de los que lo son y lo son
de veras. Generoso, no quiso aprovecharse de su enorme
poder para hacer daño.
Dejó escapar al ratoncillo. ¡Qué suerte!
¿Verdad?
El
ratoncillo se marchó muy contento, y tan agradecido
al león, que se prometió pagarle su generosidad
en cuanto pudiera hacerlo.
¿Él? ¿Al león? ¿Tan
pequeño? ¿Cómo?
Ahora lo sabréis.
Otro
día, el león, saliendo a tontas v a locas
del bosque sin mirar por dónde iba, cayó
en una trampa que unos cazadores le habían preparado
para atraparlo. ¡Y entonces sí que su terrible
fuerza no le servía para nada!
La trampa era una red enorme de gruesas cuerdas, y el
león, ¡claro está!, no sabía
deshacer sus nudos.
Lo único que sabía hacer era lanzar, seguido,
seguido, unos rugidos tremendos de rabia y de dolor.
Este
fue el momento del ratoncillo agradecido.
A1 oír los rugidos del león desesperado,
se acerca corriendo a toda prisa y empieza a roer una
cuerda de la red.
Rec-rec, rec-rec, rec-rec, llega a cortarla del todo.
Y la red, deshecha, deja libre al león.
¡Quién
lo iba a decir! ¿Sí?
Esto mismo que pasó con el león y el ratoncillo,
pasa cada día en el mundo.
¡Fijaos!
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EL
PEQUEÑO ABETO 
Érase
una vez un pequeño abeto. Solo, en el bosque, en
medio de los demás árboles cubiertos de
hojas, él sólo tenía agujas, nada
más que agujas. ¡Cómo se quejaba!
-Todos
mis amigos tienen hermosas hojas, hermosas hojas verdes.
¡Yo, sólo tengo espinas! Quisiera tener,
para darles un poquito de envidia hojas todas de oro.
A
la mañana siguiente, cuando se despertó,
quedó deslumbrado...
-¿Dónde
están mis espinas? ¡Ya no las tengo! ¡Me
han dado las hojas de oro que había pedido! ¡Qué
contento estoy!
Y
todos sus vecinos que le estaban mirando, dijeron:
-¡El
pequeño abeto es todo de oro!
Pero
he aquí que un hombre, un malvado ladrón,
llegó al bosque y les oyó. Pensó:
-¡Un
abeto de oro! ¡Qué gran negocio!
Pero
como tenía miedo de ser visto, volvió por
la noche con un gran saco. Cogió todas las hojas
sin dejar una.
A la mañana siguiente, al verse completamente desnudo,
el pobre abeto se puso a llorar.
-Ya
no quiero más oro -se dijo en -voz baja-. Cuando
vienen los ladrones, te lo roban todo y ya no te queda
nada. ¡Quisiera tener todas las hojas de cristal!
¡El cristal también brilla!
A
la mañana siguiente, cuando despertó, tenía
las hojas que había deseado. Se puso muy contento
y dijo:
-En
lugar de hojas de oro, tengo hojas de cristal; ahora estoy
tranquilo porque no me las robará nadie.
Y
todos sus vecinos que le miraban, dijeron a la vez:
-¡El
pequeño abeto es todo de cristal!
Pero,
cuando vino la noche, la tempestad sopló fuerte.
El pequeño abeto suplicó en vano, el viento
le sacudió y no quedó ni una sola de sus
hojas.
A la mañana siguiente, al ver el destrozo, el pobre
abeto se puso a llorar:
-¡Qué
desgraciado soy! Otra vez estoy desnudo. Han robado mis
hojas de oro y han roto mis hojas de cristal. Quisiera
tener, como mis amigos, hermosas hojas verdes.
A1
día siguiente, cuando se despertó, vio que
había obtenido lo que deseaba. Y todos sus vecinos,
que le miraban, se pusieron a decir:
-¡El
pequeño abeto ya es como nosotros!
Pero,
durante el día, la cabra salió a pasear
con sus cabritillos. Cuando vio al pequeño abeto,
dijo:
-¡Venid,
niñitos míos!, ¡venid, hijos míos!
Saboread esta comida y no dejéis nada.
Los
cabritillos se acercaron saltando y lo devoraron todo
en menos de un instante.
Cuando
llegó la noche, el pequeño abeto, completamente
desnudo y tiritando, se puso a llorar como un niño.
-Se
lo han comido todo -dijo en voz baja-. Ya no me queda
nada. He perdido mis hojas, mis hermosas hojas verdes,
como mis hojas de cristal y mis hojas de oro. ¡Me
contentaría con que me devolvieran mis agujas!
A
la mañana siguiente, cuando se despertó,
se encontró sus antiguas agujas y no supo qué
decir.
¡Qué
feliz es! ¡Cómo se contempla! Se ha curado
por completo de su orgullo. Y sus vecinos que le oyen
reír, dicen mirándole:
-¡El
pequeño abeto está como antes!
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EL CUENTO DEL CONEJITO TAWOTS 
Este
es el cuento que le contó una vez una mujer piel-roja
a un muchachito blanco que vivía con sus padres
cerca de las reservas indias. Tawots, quiere decir conejito
en la lengua de los indios. Hace mucho tiempo, mucho tiempo,
Tawots no era pequeño; al contrario, era muy grande.
Era el más grande de los animales de cuatro patas,
y un estupendo cazador. Tenía la costumbre de salir
a cazar todos los días al alba, en cuanto se veía
bastante para guiarse. Cada mañana encontraba el
rastro de un enorme pie, en el sendero. Esto le humillaba,
ya que su orgullo era tan grande como su cuerpo.
-¿Quién
sale a cazar antes que yo y da unos pasos tan grandes?
-gritó-. ¿Acaso quiere avergonzarme?
-¡Cállate! -dijo su madre-, no hay nadie
en el mundo más grande que tú.
-No; pero hay enormes huellas en el sendero - dijo Tawots.
A
la mañana siguiente se levantó más
temprano, pero de nuevo vio las enormes huellas.
-Bueno
-dijo Tawots- voy a construir una trampa para capturar
a ese desvergonzado animal.
Y
como era muy astuto hizo una trampa con la cuerda de su
arco y la puso en el camino.
Cuando fue a ver su trampa, a la mañana siguiente.
¡Cataplum! ¡Había capturado al sol!
Toda la tierra de alrededor empezaba a humear. ¡Tan
fuerte era el calor!
-¡Has
sido tú quien ha dejado esas huellas en mi sendero!
-gritó Tawots.
-Sí, he sido yo -dijo el sol-, pero ahora date
prisa en soltarme si no quieres que arda toda la tierra.
Tawots
comprendió lo que debía hacer: sacó
su cuchillo y corrió a cortar la cuerda, pero el
calor era tan grande que saltó hacia atrás
antes de haberlo hecho y cuando quiso volver ¡quedó
reducido por el calor a la mitad de su tamaño!
Entonces, la tierra empezó a arder, y el humo subía
retorciéndose hasta el cielo.
Tawots corrió de nuevo a cortar la cuerda. Pero
el calor era tan fuerte que saltó hacia atrás
antes de llegar, y quedó reducido por el calor
a una cuarta parte de su tamaño.
-¡Vuelve
Tawots, de prisa! -gritó el sol-. ¡O arderá
toda la tierra!
Y
Tawots, volvió nuevamente. Esta vez logró
cortar la cuerda y el sol pudo subir al cielo. ¡Pero
el pobre Tawots había quedado reducido al tamaño
que tiene ahora!
Solamente, cuando corre por un camino, podrás darte
cuenta por la enormidad de sus saltos de lo grande que
era, antes de haber capturado al sol en su trampa.
Y es lo único que le queda de su antigua grandeza.
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LA
PRINCESA RATONA 
Había
una vez un ratón qué pretendía ser
el rey de su tribu. Por este motivo le llemaban el rey
Ratón, y a su hija, la princesa Ratona.
Ratona, vivía con sus padres en un gran arrozal
en el más escondido rincón del Japón.
Ratona era muy bonita, y sus padres estaban tan orgullosos
que no encontraban a nadie digno de jugar con ella. Cuando
estuvo en edad de casarse, no aceptaron por yerno a ningún
príncipe del reino de los ratones y declararon
que sólo se casaría con la princesa Ratona,
el personaje más poderoso del mundo. Y como este
poderoso personaje no quería aparecer, el rey Ratón,
se fue a ver a su tío, un viejo ratón muy
sabio; éste declaró que el personaje más
poderoso del mundo debía ser el sol, porque sin
él, no maduraba el arroz. Entonces, el rey Ratón
se fue al encuentro del sol. Trepó sobre la montaña
más alta, corrió a lo largo de un arco iris
hasta que llegó a la cueva del oeste, donde dormía
el sol.
-¿Qué
quieres de mí, hermanito? -dijo el sol con benevolencia,
al verle.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija, la princesa Ratona,
porque vois sois el personaje más poderoso del
mundo y nadie más puede ser digno de ella.
-¡Oh!, ¡oh! -dijole el sol riendo y guiñando
el ojo-. Te estoy muy agradecido, hermanito, pero la princesa
Ratona no puede ser para mí; la nube es más
poderosa que yo, porque cuando ella me cubre, yo no puedo
brillar.
-¡Oh!, entonces no me interesas -dijo el rey Ratón-.
Y se marchó sin decir adiós, mientras el
sol se reía y guiñaba otra vez el ojo.
El
rey Ratón siguió subiendo hasta llegar a
la cueva del sur donde dormía la nube.
-¿Qué
quieres de mí, hermanito? -dijo la nube al verlo.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija la princesa Ratona,
porque sois el personaje más poderoso del mundo.
El sol me lo ha dicho y nadie más puede ser digno
de ella.
-El sol se ha equivocado -dijo la nube suspirando-. Yo
no soy el personaje más poderoso del mundo. El
viento es más poderoso que yo, porque cuando sopla
no puedo resistirlo y tengo que ir adonde él me
lleva.
-Entonces, no me interesas -dijo el rey Ratón con
altanería. Y se puso en camino para encontrar al
viento.
Viajó
días y días por todo el cielo hasta llegar
a la cueva del este donde el viento dormía.
Cuando el viento le vio llegar, estalló en tan
fuertes carcajadas que hicieron temblar la tierra, y le
preguntó:
-¡Oh,
oh! ¿Qué quieres de mí, hermanito?
Cuando
el rey le dijo que venía a ofrecerle la mano de
su hija la princesa Ratona, porque era el personaje más
poderoso del mundo, hinchó sus mejillas, dejó
oír un silbido terrible y dijo:
-
Yo no soy el más poderoso. La pared que han hecho
los hombres es más poderosa que yo, porque no puedo
derribarla, a pesar de mis esfuerzos. ¡Ve a buscar
a la pared, hermanito!
Y
el rey Ratón bajó rodando del cielo y siguió
bajando hasta llegar a la pared que habían hecho
los hombres y que estaba muy cerca de su arrozal.
-¿Qué
quieres de mí, hermanito? -gruñó
al pared al verlo.
-Vengo a ofreceros la mano de mi hija la princesa Ratona,
porque sois el personaje más poderoso del mundo,
y nadie más es digno de ella.
-¡Oh, oh! -gruñó la pared-. Yo no
soy el más poderoso. El ratón gris que vive
en la cueva es más fuerte que yo. Con sus dientes
roe y roe mis ladrillos, los va desmenuzando y acabaré
derrumbándome. Ve a buscar al ratón gris,
hermanito.
Después
de todos sus viajes, el rey Ratón tuvo que casar
a su hija con otro ratón, pero la princesa Ratona
se puso muy contenta, porque ella siempre había
deseado casarse con el ratón gris.
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EL COLLAR DE LA VERDAD
Érase
una vez una niña que mentía continuamente.
A ciertos niños, la mentira no les parece una cosa
importante; y una pequeña mentira, o una mentira
grande, si es necesario que les salve de un castigo o
les produzca un placer, les parece la cosa más
legítima del mundo. Así era nuestra niña.
Para ella, no existía la verdad. Durante mucho
tiempo engañó a sus padres con sus mentiras,
hasta que por fin descubrieron lo que les contaba, y ya
no tuvieron en ella la menor confianza. Es terrible para
los padres no poder confiar en las palabras de sus hijos.
EL
VIAJE EN BUSCA DE MERLÍN.
Después
de haber probado inútilmente todos los medios,
el padre y la madre de la niña resolvieron llevarla
al mago Merlín, que entonces era célebre
en toda la tierra y, además, gran amigo de la verdad.
Por
eso, de todas las partes del mundo le llevaban niños
mentirosos para que los curara.
Vivía en un palacio de cristal de paredes transparentes,
y nunca pensó ocultar una sola de sus acciones,
o hacer creer lo que no era cierto, ni tampoco dejarlo
creer, callándose cuando hubiera debido hablar.
Reconocía a los mentirosos por el olor a una legua
de distancia; y cuando la niña llegó a su
palacio se vio obligado a quemar vinagre para purificar
el ambiente porque le mareaba el olor.
La
madre quiso explicar la fea enfermedad que sufría
su hija, pero el mago Merlín la detuvo a las primeras
palabras:
-Sé
de qué se trata, buena señora. Hace una
hora que huelo la llegada de la señorita. Es una
mentirosa de primera clase, y me ha hecho pasar un mal
rato.
La
pequeña no sabía dónde esconderse.
Se refugió en las faldas de su madre, que la amparaba
lo mejor que podía. El padre se puso ante ella
para protegerla de todo riesgo. Deseaban curar a su hija,
pero suavemente, sin hacerle ningún daño.
EL
COLLAR.
No
temáis nada -dijo Merlín al ver el miedo
de aquellas gentes-. Que esta señorita me permita
hacerle un regalo; creo que le gustará.
Abrió
un armario y sacó un magnífico collar de
amatistas maravillosamente engarzadas, con un broche de
diamantes cuyo resplandor deslumbraba. Lo puso en el cuello
de la pequeña, y despidiendo a los padres con gesto
benévolo, dijo:
-Id,
buenas gentes, y no os preocupéis más. Vuestra
hija lleva con ella un seguro guardián de la verdad.
La
pequeña enrojeció de contento y se marchaba
a toda prisa, encantada de haber salido tan bien librada,
cuando el mago Merlín la llamó.
-Vendré a buscar mi collar dentro de un año
-dijo mirándola con expresión grave-. Desde
este momento prohíbo que te lo quites del cuello
ni un solo minuto. ¡Pobre de ti si lo haces!
-¡Oh! No deseo nada mejor que conservarlo siempre.
¡Es tan bonito!
A1
día siguiente de volver a casa, nuestra mentirosa
fue a la escuela y como había estado mucho tiempo
ausente, todas las demás niñas se agruparon
a su alrededor. Sólo se oían exclamaciones
sobre la belleza del collar.
-¿De
dónde procede? Y tú, ¿dónde
has estado? -le preguntaban todas.
En
aquellos tiempos sabían lo que significaba volver
de la casa de Merlín, ya que era muy conocido por
ser el médico de los mentirosos.
Por
eso, la niña no se preocupó de hablar así:
-He
estado mucho tiempo enferma -dijo descaradamente- y mis
padres me han regalado este hermoso collar durante la
convalecencia.
Un
tremendo grito se oyó, lanzado al unísono
por todas las bocas.
Los
diamantes del broche que lanzaban tan vivos resplandores
se habían apagado repentinamente y convertido en
vulgares cristales.
-Pues
sí, he estado enferma. ¿Por qué gritáis
tanto?
Con
esta reincidencia, las amatistas se convirtieron en guijarros
amarillentos.
Al
nuevo grito de todas, y al ver tantos ojos fijos en su
collar, miró ella también y se estremeció
de espanto.
-He
estado en casa del mago Merlín -dijo humildemente.
Apenas
hubo confesado la verdad, el collar reco-bró toda
su belleza, pero las carcajadas que resonaban a su alrededor,
la humillaron de tal modo que experi-mentó la necesidad
de rehabilitarse.
-Os
equivocais completamente, porque el mago nos recibió
perfectamente, a mis padres y a mí. Mandó
su coche a recogernos, y no podéis imaginar lo
precioso que es su coche. ¡Seis caballos blancos
y cojines de seda rosa con borlas de oro! Cuando llegamos
vino a nuestro encuentro al vestíbulo y...
Las
risas, apenas ahogadas, se hicieron ahora tan ruidosas,
que se detuvo sobrecogida y lanzando una mirada al desdichado
collar, nuevamente se estre-meció.
A
cada detalle que inventaba el collar se alargaba, se alargaba...
-Tú
nos cuentas más de lo que en realidad suce-dió
-gritaron las niñas.
-¡Está bien! Confieso que llegamos a pie
y que sólo nos quedamos cinco minutos.
El
collar se encogió al momento.
-Y
el collar, ¿de dónde procede?
-Me lo dio sin decir nada, probable...
No
tuvo tiempo de decir nada más. El fatal collar
encogía, se encogía hasta oprimirle terriblemente
la garganta y sacar la lengua.
-No
nos lo dices todo -gritaron las niñas.
Se
apresuró a decir, ahora que aún podía
hablar:
-Dijo
que era una mentirosa de primera clase.
Una
vez libre del collar que la estrangulaba, con-tinuó
diciendo, mientras lloraba de vergüenza y de dolor.
-Por
eso me dio el collar. Dijo que era un guar-dián
de la verdad, y yo fui tonta de remate al alegrar-me...
¡Ya me véis, ahora!
Sus
amigas compartieron su pena, porque como buenas, se pusieron
en su lugar en seguida.
-Eres
demasiado buena -dijo la más lista de to-das. En
tu lugar yo hubiera mandado a paseo el co-llar. ¿Quién
te impide quitártelo?
La
niña mentirosa callaba, pero el collar se puso
a bailar, a bailar, tanto y tanto que las piedras chocaban
entre sí haciendo ruido infernal.
-Hay
algo que nos ocultas -prosiguió el grupo de niñas,
divertidas por aquel baile extraordinario.
-Tengo intención de guardarlo.
Los
diamantes y las amatistas bailaban y se entre-chocaban.
-Tienes
alguna otra razón para guardarlo.
-¡Vaya!, puesto que no puedo ocultaros nada, os
diré que el mago Merlín me ha prohibido
quitármelo bajo pena de un gran castigo.
Inmediatamente
el collar se calmó.
Ya
imagináis que, con un compañero de esta
espe-cie, que se transforma cuando se traiciona la verdad,
que se alarga cuando se le añade algo, se encoge
cuan-do se le suprime y se pone a bailar cuando se le
si-lencia, un compañero del cual no podéis
desembara-zaron, no le es posible, ni a la más
decidida mentirosa, andar torcidamente por el camino de
la verdad. ¿Qué sucedió?
Cuando se acostumbró a decir siempre la verdad,
se sintió tan bien, con la conciencia tan ligera
y el alma tan tranquila, que tomó horror a la mentira
por sí misma y el collar ya no tuvo nada que hacer
en su cuello. Antes de que hubiera transcurrido el año,
vino el mago Merlín, que necesitaba su collar para
otro niño mentiroso y sabía que donde lo
había dejado ya no era necesario.
Nadie me ha podido decir todavía lo que se hizo
del maravilloso collar de la verdad. Todavía lo
buscan, y si yo fuera un niño mentiroso, no estaría
demasiado seguro, pues todavía pueden encontrarlo.
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EL
HERMANO DE JUAN EL SUCIO
Había
una vez un niño tan desordenado que le llamaban
Juan el Sucio. Abandonaba sus libros por el suelo, ponía
sobre la mesa sus botas llenas de barro, metía
los dedos en la mermelada y volcaba el tintero sobre su
delantal nuevo. Nadie había visto jamás
semejante desorden.
Un
día, el Hada Cuidadosa entró en la habitación
de Juan. ¡Ah, si hubiérais visto la cara
que puso!
-¡Esto
no puede continuar así! -dijo el Hada-. Éste
es un desorden sin fin. Vete al jardín y juega
con tu hermano, mientras yo pongo las cosas en orden.
-Yo
no tengo ningún hermano -dijo Juan.
-¡Oh,
sí! Tú tienes un hermano -dijo el Hada-.
Quizás tú no le conozcas, pero él
sí que te reconocerá. Vete al jardín
y espérale. Seguro que llegará.
-No
sé lo que quiere usted decir -dijo Juan.
Pero,
a pesar de ello, bajó al jardín y comenzó
a jugar con el barro.
En
seguida, una pequeña ardilla saltó a su
lado moviendo su espesa cola.
-¿Eres
tú mi hermano? -le preguntó el niño.
La
ardilla le miró de arriba a abajo con desdén.
-Creo
que no -dijo-. Mi pelo está bien cepillado, mi
nido muy limpio y mis hijos muy bien educados. ¿Por
qué me insultas con esa pregunta? -Y saltó
a un árbol.
Y
Juan el Sucio continuó esperando. El petirrojo
llegó dando saltos.
-¿Eres
tú mi hermano? -preguntó Juan.
-¡Desde
luego que no! -dijo el petirrojo-. ¡Hay personas
de una impertinencia...! En todo el jardín no encontrarás
a nadie más cuidadoso que yo, amigo. Durante todo
el día he alisado mis plumas, y me gustaría
que vieses a mi mujer, incubando nuestros huevos. ¡Son
tan suaves y limpios! Tú, mi hermano, ¡ni
lo sueñes! -Erizó sus plumas y salió
volando.
El
niño siguió esperando.
Un
poco más tarde llegó un hermoso gato de
Angora. Caminaba con precaución para no ensuciarse
las patas.
-¿Eres
tú mi hermano? -preguntó el pequeño.
-¡Vete
a mirarte al espejo! -respondió el gato con altanería-.
Desde esta mañana me estoy lamiendo al sol; bien
se ve que tú no te lames nunca. No hay nadie de
tu especie en mi familia, y me alegro de que así
sea. -Y dicho esto, le volvió la espalda y se marchó.
Juan
se sintió bastante desconcertado.
A1
cabo de un rato llegó trotando un cerdo. Juan el
Sucio no tenía ganas de preguntarle nada, pero
el cerdo no esperó mucho tiempo.
-Buenos
días, hermano -gruñó.
-Yo
no soy tu hermano -dijo el niño.
-¡Oh!
Claro que sí -respondió el cerdo-. Confieso
-que no estoy muy orgulloso de ti, pero los miembros de
nuestra familia se reconocen en todas partes. Ven en seguida;
iremos a tomar un buen baño en la charca, y luego
nos revolcaremos en el estercolero.
-No
me gusta ir al estercolero -dijo Juan.
-¡Anda,
cuéntales eso a las gallinas, si quieres! -dijo
el cerdo-. Mírate las manos y los pies, y el delantal.
¡Venga, vamos! Tendremos buen tiempo, y quizás
haya salvado y aguachirle para comer, si queda todavía.
-¡Yo
no quiero salvado! -gritó Juan. Y se puso a llorar.
En
aquel preciso momento llegó el Hada Cuidadosa.
-Lo
he limpiado y arreglado todo -dijo- y es preciso que se
conserve así. ¿Quieres ir con tu hermano
o venir conmigo y aprender a ser limpio?
-¡Contigo,
contigo! -gritó Juan agarrándose al vestido
del Hada.
-¡Me
alegro! -gruñó el cerdo-. Es una pequeña
pérdida, pero así habrá más
salvado para mí.
Y
se marchó.
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POR QUÉ EL PINO,
EL ABETO Y EL ENEBRO CONSERVAN SUS HOJAS EN INVIERNO

Una
vez, hace ya mucho tiempo, hacía mucho frío;
el invierno estaba cerca. Todos los pájaros emigrantes
se habían marchado hacia el sur, para quedarse
allí hasta la primavera. Pero quedaba un pajarito
que tenía un ala rota y no podía volar.
No sabía qué hacer. Miró a su alrededor
para ver si encontraba un lugar donde abrigarse. Y vio
los hermosos árboles del enorme bosque.
«Quizá
los árboles me cobijarán durante el invierno»,
pensó.
Y
aleteando lo mejor que pudo, llegó al lindero del
bosque. El primer árbol que encontró fue
un álamo blanco de hojas plateadas.
-Álamo
precioso -dijo el pobre pajarito-. ¿Me dejas vivir
en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
-¡Ah, ah! -dijo el álamo-. ¡Vaya una
idea! Bastante trabajo tengo con vigilar mis propias ramas.
¡Fuera de aquí!
El
pobre pájaro, aleteando lo mejor que pudo, con
su ala rota, llegó al árbol siguiente. Era
un roble grande y frondoso.
-Roble,
buen roble -dijo el pobre pajarito-, ¿me dejas
vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
-¡Vaya una pregunta! -dijo el roble-. Si te dejo
vivir en mis ramas, picotearás todas mis bellotas.
¡Fuera de aquí!
El
pobre pajarito, aleteando lo mejor que pudo, con su ala
rota, llegó a un gran sauce, que crecía
a orillas del río.
-Precioso
sauce -dijo el pobre pajarito-, ¿me dejas vivir
en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?
-No, de ninguna manera -dijo el sauce-. Yo no cobijo jamás
a los desconocidos. ¡Fuera de aquí!
El
pobre pájaro ya no sabía a quién
dirigirse, pero continuó aleteando lo mejor que
pudo, con su ala rota.
Muy
pronto le vio el abeto y le dijo:
-¿Dónde
vas, pajarito?
-No lo sé -respondió-, los árboles
no quieren cobijarme y yo no puedo volar lejos con mi
ala rota.
-Ven a mis ramas -dijo el gran abeto-, puedes escoger
la que más te guste; mira, me parece que en este
lado se está más caliente.
-Muchas gracias -dijo el pajarito-, ¿pero podré
quedarme todo el invierno?
-¡Claro! -dijo el abeto-. Así me harás
compañía.
El
pino estaba muy cerca de su primo el abeto, y cuando vio
al pajarito que brincaba y revoloteaba sobre las ramas
del abeto, le dijo:
-Mis
ramas no son muy frondosas, pero puedo proteger del viento
al abeto, porque soy grande y fuerte.
De
esta manera, el pajarito se arregló un lugar abrigado,
en la rama más grande del abeto y el pino le protegía
del viento.
Cuando
el enebro se enteró, dijo que daría comida
al pajarito durante todo el invierno. Sus ramas estaban
cubiertas de hermosas bayas negras, y las bayas del enebro
son un gran alimento para los pájaros.
El
pajarito estaba muy contento en su casa, tan caliente
y bien abrigada, y todos los días iba a comer a
las ramas del enebro.
Los
otros árboles vieron esto e hicieron muchos comentarios.
-Yo
no prestaría mis ramas a un pájaro que no
conozco -dijo el álamo.
-A mí me daría miedo perder mis bellotas
-dijo el roble.
-Yo no hablo jamás con desconocidos -dijo el sauce,
y los tres a la vez se irguieron con orgullo.
Aquella
noche el viento del norte pasó por el bosque. Sopló
sobre los árboles con su aliento helado y hoja
que tocaba, hoja que caía. Quería tocar
todas las hojas, porque al viento del norte le gusta ver
los árboles desnudos.
-¿Puedo
jugar con todos los árboles? -preguntó el
viento a su padre el Rey de la Escarcha.
Hijo -dijo el Rey-, los árboles que han sido buenos
con el pajarito, pueden conservar sus hojas.
Y
el viento del norte los dejó en paz, y el pino,
el abeto y el enebro conservaron sus hojas todo el invierno
hasta que brotaron las nuevas. Y desde entonces, siempre
ha sido así.
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EL
GATO Y EL LORO

Había
una vez un gato y un loro. Decidieron invitarse a comer,
primero en casa de uno, después en casa del otro.
El gato debía empezar. Pero era un gato muy avaro,
sólo puso sobre la mesa un litro de leche, un trocito
de pescado y una galleta. El loro era un loro bien educado
y no se quejó, pero no quedó muy contento.
Cuando
le tocó a él invitar al gato, el loro preparó
una excelente comida. Hizo asar un lomo de ternera, cogió
una cesta de fruta, llenó una jarra de vino y,
además, hizo cocer un montón de riquísimos
pasteles, dorados y crujientes. Llenaban la canasta de
la ropa; su olor se esparcía por toda la casa.
¡Había quinientos!
Entonces
puso cuatrocientos noventa y ocho ante el gato y para
él no guardó más que dos.
El
gato comió el asado y bebió el vino. Saboreó
la fruta y después atacó el montón
de pasteles. Se los comió todos; comió los
cuatrocientos noventa y ocho pasteles. Después
se volvió hacia el loro y le dijo:
-Tengo
hambre, ¿no tienes nada más que comer?
-Quedan mis dos pasteles -dijo el loro. Había quedado
tan sorprendido de la hazaña del gata que ni los
había probado-. ¿Los quieres?
El
gato comió también los dos pasteles; después,
relamiéndose los bigotes, le dijo:
-Me
está entrando el apetito. ¿No tienes nada
más para comer?
-¡Vaya! -dijo el loro amoscado-. Ya no me queda
nada, a menos que me quieras comer a mí.
Apenas
había terminado de hablar, cuando el gato se relamió
los bigotes, abrió la boca, y, ñim, ñam,
engulló al loro.
Una
vieja, que les había servido la comida y que había
quedado sorprendida por la conducta del gato, le dijo:
-¡Gato!
¡Gato! ¿Cómo has podido comer a tu
amigo el loro?
-¡Un loro! ¡Bah! ¿Qué es un
loro para mí? -respondió el gato-. ¡Tengo
ganas de comerte a ti también! -Y ñim, ñam,
engulló a la vieja.
Entonces
bajó a la calle pavoneándose, aunque no
había por qué.
Entonces encontró un hombre que conducía
un asno y le dijo:
-¡Apártate
a un lado, Minino! Llevo prisa y podría aplastarte
mi asno.
-¡Un asno! ¡Bah! ¿Y qué es un
asno para mí? -dijo el gato-. Me he comido quinientos
pasteles; me he comido a mi amigo el loro; me he comido
a una vieja. ¿Por qué no me he de comer
también a un buen hombre y su asno? -Y ñim,
ñam, engulló al buen hombre y a su asno.
Y
prosiguió su camino pavoneándose así.
Un poco más lejos encontró el cortejo de
la boda del rey. El rey iba delante con su vestido nuevo,
acompañando a la novia y detrás de él
marchaban sus soldados; les seguían una gran cantidad
de elefantes en fila, de dos en dos. El rey estaba de
muy buen humor porque acababa de casarse y dijo al gato:
-¡Apártate
a un lado, Minino! Mis elefantes podrían aplastarte.
-¿Aplastarme a mí? ¡Bah! -respondió
el gato irguiéndose. ¡Ja! ¡Ja! Me he
comido quinientos pasteles, me he comido a mi amigo el
loro, me he comido a una vieja, me he comido a un buen
hombre y su asno. ¿Por qué no me he de comer
también a un desgraciado rey y todo su séquito?
-Y, ñim, ñam, engulló al rey y a
la reina, a todos los soldados y a todos los elefantes.
Después
continuó su camino, no muy deprisa, porque empezaba
a estar un poco harto. Pero, algo más lejos, encontró
a dos enormes cangrejos, caminando de lado tan aprisa
como podían.
-¡Apártate
a un lado, Minino! -gritaron.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -exclamó el gato
con una voz terrible-. Me he comido quinientos pasteles,
me he comido a mi amigo el loro, me he comido a una vieja,
me he comido a un pobre hombre y su asno, al rey, a la
reina, a los soldados y a los elefantes. ¡Os voy
a comer a vosotros también!
Y
ñim, ñam, engulló a los dos enormes
cangrejos.
Cuando
los cangrejos llegaron al final, comenzaron a mirar a
su alrededor. Estaba muy, oscuro, pero al cabo de un momento,
pudieron ver al pobre rey sentado en un rincón,
con la reina en brazos, porque se había desmayado.
Cerca de él estaban los soldados apretados unos
contra otros, y los elefantes, que intentaban ponerse
en fila de dos en dos, pero no podían porque no
había bastante sitio. Enfrente estaba la pobre
vieja y a su lado, el buen hombre con su asno. En el tercer
rincón, había un gran montón de pasteles
y encaramado sobre ellos, el loro, con las plumas erizadas.
-Hermanos,
manos a la obra -se dijeron los dos enormes cangrejos.
Y, ris, ras, comenzaron a hacer un agujerito en el costado
del gato, con sus pinzas; ris, ras, ris, ras, hasta que
el agujero fue lo bastante grande para poder pasar por
él. Entonces salieron los dos cangrejos y detrás
de ellos, salió el rey con su esposa, luego los
soldados y los elefantes en fila, de dos en dos, después
el buen hombre y su asno; después la pobre vieja
y al final, el loro con un pastel en cada pata. (Él
sólo quería dos pasteles.)
Y
el gato tuvo que pasarse todo el día cosiendo el
agujero de su costado. ¡Así aprenderá
a no ser tan glotón!
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CHACALITO LISTO Y EL VIEJO COCODRILO

Érase
una vez un chacalito a quien gustaban mucho los animales
con caparazón. Por eso cada día bajaba a
la orilla del río para buscar cangrejos.
Un
día que tenía mucha hambre, metió
la pata dentro del agua sin mirar antes -no lo hagáis
nunca- y ¡ñac! se la cogió de un bocado
el viejo cocodrilo que estaba en el fondo.
-¡Pobre
de mí! -pensó el chacalito-. El viejo cocodrilo
me ha cogido la pata con la boca y ahora me comerá.
¿Qué podría hacer para que me soltara?
Pensó
un poco y luego se puso a reír con todas sus fuerzas.
-¡Ja!
¡Ja! ¡Ja! El señor cocodrilo ya está
medio ciego. Ha cogido una vieja raíz y cree que
es mi pata. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La encontrará
muy tierna...
El
viejo cocodrilo, que estaba echado en el fondo, entre
el fango y los juncos, pensó que las olas del río
le enturbiaban la vista. «Toma, se dijo, me he equivocado»,
y abrió la boca. El chacalito retiró rápidamente
la pata y huyó gritando:
-¡Oh,
protector de los pobres! Monseñor Cocodrilo habéis
sido muy amable de dejarme escapar.
El
cocodrilo, rabioso, retorcía la cola, pero el chacalito
quién sabe dónde paraba.
Estuvo
muchos días sin acercarse al río, pero al
final tuvo tantas ganas de comer cangrejos que no pudo
resistir. Bajó hacia el río con mucho cuidado
y, aunque no vio nada raro, quedó un poco lejos
hablando solo en voz alta, como tenía por costumbre.
-Cuando
miro las aguas del río, veo los cangrejos como
salen del agua. Entonces metó la pata y los cojo...
Pero hoy, ¿dónde se habrán escondido?
El
viejo cocodrilo, tendido en el fondo del río, entre
el fango y los juncos, lo oía y pensó.
«Haré
como si fuera un cangrejito y cuando el chacalito meta
la pata se la cogeré.» Y sacó la punta
del morro saliendo del agua... igual que un cangrejito.
El
chacalito lo vio en seguida y gritó:
-¡Oh,
gracias, monseñor cocodrilo! Gracias por enseñarme
el sitio donde estáis, monseñor. Pero hoy
me iré a otro sitio para comer. Buenos días.
Y
se fue corriendo, corriendo.
Durante
quince días el chacalito no se acercó al
río; pero pasando este tiempo notó que el
estómago le estaba pidiendo una comidita de cangrejos.
Con mucho cuidado bajó hacia el río y miró
por los a!rededores. Ni rastro de cocodrilo. Pero el chacalito
no acababa de quedar tranquilo. Quedó un poco lejos,
hablando solo en voz alta, como tenía por costumbre:
-Cuando
no veo cangrejos cerca del río, ni saliendo del
agua, veo las burbujas de aire que suben por el agua y
hacen «puf, puf, puf» y «chap, chap,
chap». Y eso me enseña dónde están
los cangrejos. Entonces meto la pata en el agua y los
cojo. ¿Dónde estarán las burbujas
hoy?
El
viejo cocodrilo, tendido en el fondo del río, en-
el fango y los juncos, lo oyó y pensaba:
«Eso
es sencillo. Echaré burbujas de agua y cuando el
chacalito meta la pata dentro del agua lo cogeré.
»
Y
empezó a soplar dentro del agua, de manera que
las burbujas hacían un remolino. El chacalito no
esperó a que le dijeran quién hacía
aquellas burbujas. Echó un vistazo y se puso a
correr con todas sus fuerzas gritando:
-¡Monseñor
cocodrilo, protector de los pobres! ¡Cuánta
bondad la vuestra de mostrarme el lugar donde yacéis!
Pero hoy me iré a otro sitio para comer.
El
viejo cocodrilo se puso tan furioso que hasta salió
del río y corrió para alcanzar al chacalito;
pero el chacalito quién sabe dónde paraba.
Después de esto el chacalito no se atrevía
ya a bajar al río; pero descubrió un rincón
lleno de higos silvestres, tan dulces, que cada día
iba a comer.
El cocodrilo se lo olió y decidió que antes
se dejaría matar que perder al chacalito. Se arrastró
hasta el lugar de los higos silvestres, recogió
un buen montón y se metió debajo.
Muy pronto llegó el chacalito saltando, feliz y
tranquilo, pero vigilando siempre. Vio aquel gran montón
de higos debajo de la higuera.
«Mmm
-pensó-. Esto parece una buena trampa de mi buen
amigo, monseñor Cocodrilo. Antes que nada haré
una investigación.»
Se
quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo
en voz alta, como tenía por costumbre.
-Los
higos que más me gustan son los maduritos que el
viento hace caer del árbol y que en el suelo el
viento hace correr de acá para allá. Pero
estos higos que hay en este montón no se mueven
nada; a lo mejor son malos.
El
viejo cocodrilo, escondido bajo el montón, lo oyó
y pensó:
«
¡Malhaya este chacal! Tendré que mover los
higos para que crea que los mueve el viento.» Y
empezó a moverse y retorcerse hasta que los higos
cayeron y empezaron a verse las escamas de su piel.
El chacalito no esperó mucho; se puso a correr
con todas sus fuerzas gritando:
-Muchas
gracias, monseñor Cocodrilo. Sois muy amable de
venir hasta aquí; pero no me da tiempo de saludaros...
Buenos días.
El
viejo cocodrilo de la rabia que tenía enseñaba
los colmillos; juró que se comería al chacal
con la piel y todo. Se arrastró hasta la guarida
del chacal, echó la puerta al suelo y entró
dentro.
Al poco rato llegó el chacalito saltando, feliz
y tranquilo, pero vigilando siempre. Vio el suelo apisonado,
como si hubieran arrastrado troncos.
-¿Qué
será esto? ¿Qué debe de haber ocurrido?
Después
vio la puerta de su casa al suelo y los goznes arrancados.
Y volvió a pensar.
«¿Qué
será esto? ¿Qué debe haber pasado?
Creo que voy a hacer otra in-ves-ti-ga-ción.»
Se
quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo
en voz alta, como tenía por costumbre:
-¡Qué
raro! Mi casita no me dice nada. ¿Por qué
no me dices nada hoy, casita mía? Cada día
me saludabas en cuanto me veías llegar. ¿Qué
te pasa hoy, casita mía?
El
viejo cocodrilo, escondido dentro de la casita, lo oyó
y pensó:
«Voy
a tenerle que hablar, como si fuera su casita; si no este
imbécil es capaz de no entrar.» Y procurando
hacer una voz muy dulce (cosa difícil, como podéis
imaginar) dijo:
-¿Qué
tal, qué tal, chacalito?
Cuando
el chacalito oyó aquella voz empezó a temblar
y a pensar:
«Es
el viejo cocodrilo; y si no lo mato de una vez será
él quien me mate a mí. ¿Qué
voy a hacer?»
Pensó
un poco y luego gritó alegremente:
-¡Gracias,
casita mía! Estoy contento de oírte. Entro
en seguida; espera sólo un momento que coja las
ramas para hacer un buen fuego y cocer la comida.
Cogió
un buen montón de ramas, y otro y otro y los fue
poniendo delante de la puerta y alrededor de la casa.
Luego prendió fuego.
Y las ramas ardieron tanto que el viejo cocodrilo quedó
seco y ahumado como un arenque.
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LOS
NUDOS DE LA RED
Un
día, dos niños llegaron a una pequeña
aldea junto a la mar salada, para ver a un marinero que
conocían. Encontraron al marinero sentado a la
puerta de su casa, frente al océano, haciendo nudos
en una cuerda.
-Buenos
días -dijo el marinero-. ¿Cómo estáis?
-Muy
bien, gracias -respondieron los niños, que estaban
muy bien educados-. Hemos oído decir que usted
tenía un barco y hemos pensado que quizá
quisiera llevarnos para que pudiéramos aprender
su manejo. Esto es lo que deseamos por encima de todo.
-Cada
cosa a su tiempo -dijo el marinero-. Ahora estoy muy ocupado,
pero quizá luego, cuando haya terminado mi trabajo,
llevaré a uno de vosotros conmigo si estáis
dispuestos a aprender. Ahora debo marcharme, pero he ahí
unos cordeles que deben ser anudados; podríais
hacerlo vosotros, porque es necesario que esto se haga.
Les
enseñó la manera de hacer los nudos y se
fue.
Cuando estuvo lejos, el mayor de los niños corrió
hacia la ventana y miró hacia afuera.
-Veo
el mar -dijo-. Las olas llegan hasta la playa, junto a
la casa. Están cubiertas de espuma, como los caballos
que se encabritan y luego se vuelven hacia atrás
¡ven a verlo!
-No
puedo -dijo el otro niño. Estoy a punto de hacer
un nudo.
-¡Oh!
-gritó su hermano-, ¡veo la barca! Baila
en el mar como una bailarina. No he visto jamás
nada tan bonito. ¡Ven a verlo!
-¡No
puedo! -dijo el segundo niño-. Estoy a punto de
hacer otro nudo.
-Sería
maravilloso pasear por allí -dijo el primer niño-.
Creo que el marinero me llevará con él,
porque soy el mayor y sé más que tú.
No necesito mirar cómo se hacen los nudos, porque
ya lo sé.
En
aquel preciso momento volvió el marinero.
-¡Bien!
-dijo-. Ya he terminado. ¿Qué habéis
hecho mientras me esperábais?
-Yo
he mirado el barco -dijo el mayor de los niños-.
¡Qué bello es! Me alegro de poder subir a
él!
-Yo
he hecho nudos -dijo el segundo.
-Entonces,
ven -dijo el marinero tendiéndole la mano-. Te
llevaré conmigo en mi barco y te enseñaré
a conducirlo.
-¡Pero
yo soy el mayor! -gritó el otro-. ¡Y sé
mucho más que él!
-Puede
ser -dijo el marinero-. Pero es necesario aprender a hacer
un nudo antes de querer navegar.
-Yo
he aprendido a hacer nudos -gritó el niño-,
Los hago muy bien.
-¿Cómo
puedes saberlo, si no has hecho ninguno? -preguntó
el marinero.
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EL FLAUTISTA DE HAMELIN 
Una
vez estuve en un pueblo situado en la ladera de una colina
que tenía en lo alto una enorme roca en forma de
techo.
Todas
las calles bajaban de la colina hacia un ancho río
y, cosa extraña, en todas las tiendas de comestibles,
se veían... ratas. Ratas de chocolate, de mazapán,
de caramelo, grandes ratas, ratas pequeñas... Quedé
tan sorprendida que tuve que preguntar:
-¿Por
qué tenéis tantas ratas en las tiendas?
-Porque
este es el pueblo de Hamelín, ¿sabe usted?
-¿Y
qué tiene que ver con las ratas el pueblo de Hamelín?
-Es
el pueblo del flautista. ¿No sabe usted la historia
del flautista? -me contestaron.
No,
no; yo no la sabía. Y os lo cuento como me lo contaron:
Mucho,
mucho tiempo atrás, el pueblo estaba llenísimo
de ratas. Había ratas en las casas, en las tiendas,
en los almacenes, en la iglesia. Trepaban por las paredes,
se metían en armarios y cómodas, se comían
el pan, la harina, el grano, el queso, el tocino, los
arenques... todo, todo lo comían. Anidaban dentro
de las ollas, de los cajones, de los sombreros, y una
mañana, al despertarse, el alcalde se encontró
un nido de ratas entre los pelos de su larga barba.
Esto colmó la medida de su paciencia porque hacía
ya mucho tiempo que la gente le pedía cuentas.
-Vamos
a ver, ¿para qué pagamos nosotros? ¿De
qué sirve un alcalde si no puede librarnos de las
ratas? Apañaos como podáis. No parece que
las ratas os preocupen mucho, pero nosotros estamos ya
hasta la coronilla. O el alcalde acaba con las ratas,
o nosotros acabamos con el alcalde.
Después
de eso, el nido de ratas en su barba fue ya el colmo.
Se sentó en el gran sillón del Ayuntamiento,
puso la cabeza entre las manos y empezó a pensar,
a pensar, a pensar...
De pronto le pareció oír un ruidito en la
puerta: ¡ta ta ta ta! El pobre alcalde, que empezaba
a adormecerse, se sobresaltó en su sillón:
«debe de ser alguna de estas malditas ratas»,
pensó enojado.
¡Ra ta ta ta! Alguien llamaba sin duda. El alcalde
se frotó los ojos y dijo:
-¡Adelante!
La
puerta se abrió y entró por ella el personaje
más raro que se pueda imaginar. Era alto y seco
como un palo, la barba puntiaguda, los labios delgados,
los ojos azules de mar y una mirada que todo lo atravesaba.
Vestía mitad azul y mitad amarillo y de su cuello
pendía una flauta atada a una larga cinta amarilla
con la que jugaban sus largos y delgados dedos.
Se acercó al alcalde y le dijo tranquilamente:
-Creo
que las ratas os apuran en este pueblo.
-¡Claro!
-gruñó el alcalde.
-¿Queréis
que os libre de ellas?
-¿Vos?
-exclamó el alcalde-. ¿Y cómo lo
haríais?
-Eso
corre de mi cuenta -contestó el desconocido-. Me
llaman «el hombre de la flauta» y conozco
la manera de que me siga todo lo que anda, nada o vuela.
¿Cuánto me dais por libraros de las ratas?
-Lo
que queráis. No creo que podáis hacerlo,
pero si lo conseguís os daré... diez mil
francos.
-Muy
bien -contestó el flautista-, trato hecho.
Marchó
hacia la plaza, salió a la calle y se paró.
Después llevó la flauta a los labios y moduló
una canción, una rarísima canción,
por cierto.
De pronto... Pareció oírse un ruido lejano,
profundo.
Después... empezaron a acudir ratas, ratas, ratas.
Ratas por aquí, ratas por allí, ratas grandes,
ratas chicas, ratas gordas, ratas flacas, ratas negras,
grises, viejas, jóvenes, pizpiretas, soñolientas,
ratas sabias, tontas, satisfechas, hambrientas... No faltaba
ni una rata: padres, madres, hijos, hijas, abuelos, abuelas,
hermanos, tíos, sobrinos, familias enteras de ratas
siguiendo las notas de la rara canción.
Por las calles el hombre avanzaba pausadamente y las ratas,
danzando como locas, se dejaban llevar hacia el río.
Allí, el flautista se detuvo bruscamente, pero
las ratas no pudieron detener el empuje que llevaban;
cayeron al agua y se ahogaron. Se ahogaron todas, todas,
todas menos una rata gorda y vieja que de tan gorda como
era flotó sobre el agua, llegó a la otra
orilla y se escondió.
Entonces el flautista volvió al Ayuntamiento.
Todo el mundo le vitoreaba y aplaudía.
El alcalde propuso disparar un gran castillo de fuegos
artificiales en medio de la Plaza Mayor. Y muy amablemente
rogó al flautista que se quedara a verlo.
-Desde
luego -contestó el hombre-. Eso será muy
bonito; pero antes yo quiero cobrar mis diez mil francos.
-¡Bah,
bah, bah! -dijo el alcalde-. ¿Os referís
a la bromita de antes, claro? Era una broma, naturalmente.
No me negaréis que es fastidioso pagar por lo que
ya no se necesita.
-No
era una broma -dijo el hombre de la flauta pausadamente-.
Era un trato. Mis diez mil francos, si os place.
-¡Oh,
bah! -dijo el alcalde-. No valía ni cuatro cuartos
las cancioncilla que habéis tocado. Os daré
veinte francos y no hablemos más del asunto.
-Tratos
son tratos -insistió el hombre-. Por última
vez, ¿queréis darme mi dinero, sí
o no?
El
señor alcalde empezaba a amoscarse.
-Os
llenaré la pipa de tabaco después de una
buena comida y dejadme en paz -gritó enojado.
Los
ojos azul de mar del flautista empezaron a brillar con
un reflejo extraño y dijo muy despacio:
-Todavía
tengo otra canción para los que me engañan.
-¡Tocad
lo que queráis y marchaos! -gritó el alcalde.
Entonces
el hombre de la flauta se irguió sobre los escalones
del Ayuntamiento. Se llevó la flauta a los labios
y empezó a tocar. Era una melodía muy distinta,
muy distinta de la primera. Algo muy suave, muy dulce.
Entonces... Piececitos blancos, descalzos, calzados, zapatitos
claros, oscuros, manecitas regordetas, boquitas sonrientes,
naricillas respingonas, ojillos vivarachos, todos, todos
los niños y niñas salían de sus casas
saltando, corriendo, danzando, sin escuchar las voces
de los padres, sin ver las lágrimas de las madres,
sin oír más que la dulce canción
que les arrastraba, les arrastraba...
-¡Detenedle,
detenedle! ¡Detenedle, señor alcalde! -gritaba
la gente.
-¡Tendréis
los diez mil francos! ¡De veras que os los daré!
-gritaba el alcalde intentando alcanzarle.
Pero
la misma melodía que arrastraba a los niños,
mantenía a los mayores extrañamente inmóviles.
Vieron cómo el flautista bajaba lentamente la calle
seguido por los niños que danzaban, y cómo
llegaba al río.
-¡Los
ahogará! ¡Los ahogará! -gritaba la
gente.
Pero
el hombre dio la vuelta y empezó a subir la colina
que tenía en lo alto una extraña roca en
forma de techo. Y cuando llegó allí, la
montaña se abrió y el hombre entró
en ella, tocando su flauta. Y los niños le siguieron
todos, todos, todos menos uno que cojeaba y no pudo llegar