Toda hada que
se precie,
ha de poseer una varita mágica
y ser la protagonista de un cuento.
Gracias por la
inspiración."
Otto
Sus
andanzas comenzaron en tiempos de alas blancas, las novias
del viento las llamaban. A menudo, sobretodo en las ciudades,
las confunden con hojas o trocitos de papel, pero no,
su aleteo es inconfundible. Van de un lado a otro, atolondradas,
como perdidas, el tiempo apremia ya que su vida es corta,
de ahí viene lo de a ‘otra cosa mariposa’.
Por cierto, hablando de hojas ¿Os habéis
preguntado alguna vez por qué estas al desprenderse
de los brazos de los árboles, llegan al suelo con
un grácil y acompasado movimiento de vaivén?
Pues bien, la razón es porque son cabalgadas por
el hada hojarasca, la cual, las acompaña en su
último suspiro.
Una vez convertidas en retazos del liviano manto que cubre
la tierra, acaricia suavemente cada uno de sus nervios,
y les susurra cosas hermosas, que estén tranquilas,
que no es mas que otra parte del ciclo, que volverán
a ser absorbidas por las raíces de otro árbol,
ascendiendo de nuevo a los cielos y a ser mecidas por
el viento, volviendo a empezar. Un círculo que
se cierra y abre continuamente.
Ya de entrada, su pseudónimo poseía algo
de magia. Podía leerse igual hacia delante que
hacia atrás, aunque cariñosamente la llamaban
Anita.
El verdadero nombre de un hada, no debe ser revelado a
los humanos bajo ningún concepto, ya que estos
pueden apoderarse de sus poderes y ser cegados por la
codicia, cayendo finalmente sobre ellos grandes desgracias.
Les está prohibido entrometerse en los problemas
de las personas, a no ser que estuviesen directamente
relacionados con el bosque y las fuerzas naturales. Frecuentemente
ayudan a caminantes de buena fe, que se internan en la
espesura de los árboles y se desorientan tras una
repentina lluvia, una densa niebla o una fuerte nevada
nocturna. Cuando se mostraban lo hacían como pequeñas
lucecitas, guiándolos hasta el camino correcto
o actuando sobre sus sueños. Generalmente son invisibles
para ellos. Sólo se dejan ver totalmente en la
noche de San Juan, aunque hay humanos, sobretodo niños,
que tienen una capacidad especial para verlas. Son pocos
los que saben mirar de forma correcta.
De pequeña denotaba cierto inconformismo hacia
reglas tan arraigadas, como absurdas para ella.
- ¡Anita, te hemos dicho mil veces que no subas
encima de los saltamontes!, podrían cortarte sin
querer –le decían las supremas-
- Pero si me dejan limarles antes la patas –contestaba
Ana-
- No uses conjuros de luz en las noches de verano, al
lado de las chicharras. ¡Vas a volverlas más
locas de lo que están!
- Son conquistadoras natas, les encanta cantar en compañía
de los grillos.
- ¿Por qué vistes con esas hojas mustias?
Disponiendo de las telas que confecciona la araña
Finaseda para nosotras.
- Porque me gustan, ¡No querréis que arranque
hojas verdes! Además, si estropeo los vestidos
luego os enfadáis todavía más.
Tenía respuestas para todo, era descarada, activa
y extremadamente pasional. Una rebelde con un corazón
tan grande que no le cabía en el pecho, impidiendo
que ningún resquicio de rencor se instalase en
él. Era capaz de cumplir cualquier tarea encomendada
a la perfección, lo hacía con un tremendo
primor y delicadeza.
A pesar de incumplir muchas reglas, había una que
nunca se había saltado: atravesar los lindes del
bosque, ni siquiera con la mirada.
